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jueves, 28 de junio de 2012

Poema que te escribí antes de saber que existías (inédito)




Dime hasta cuándo te andaré buscando por el mundo
o si te encontraré al menos, idealizada,
porque ya me agostan los kilómetros dichos ausencia
y las palabras que te escribo sin que tú las oigas
rasgar en el papel antiguo de mi soledad,
y dudo ya si estarás esperándome sola
en el faro de la última orilla.


Dime si contemplas la misma luna hospitalaria,
el misticismo del mismo mar nocturno
en que te busco o te pierdo
según las variaciones de mi fe
o la esperanza que me des pura o truncada.


Dime tu amor o dame un indicio,
un rastro a seguir en esta noche de alabastro interminable
donde encontrarte sea el fin
que nunca o casi nunca justifica los medios.


Tengo razones para tu pecho, una caricia imantada
que sonroje tus mejillas
en un tiempo en el que ya nadie se sonroja,
sexo salvaje con amor
y la demás parafernalia, horas de mi escucha,
confort bajo la lluvia invisible de los días tristes,
canciones en las que reconocernos, silencios
y reproches por el mismo precio, lugares comunes,
rincones para devorarnos el instinto,
una pistola con balas de plata
para disparar y que dispares
contra las fuerzas monolíticas de los enemigos
que digan que este amor no es cierto.

miércoles, 27 de junio de 2012

Poemas que no te leí (6): "Pensar en ti esta noche...", de Pedro Salinas




Pensar en ti esta noche
no era pensarte con mi pensamiento,
yo solo, desde mí. Te iba pensando
conmigo extensamente, el ancho mundo.


El gran sueño del campo, las estrellas,
callado el mar, las hierbas invisibles,
sólo presentes en perfumes secos,
todo,
de Aldebarán al grillo te pensaba.


¡Qué sosegadamente
se hacía la concordia
entre las piedras, los luceros,
el agua muda, la arboleda trémula,
todo lo inanimado,
y el alma mía
dedicándolo a ti! Todo acudía
dócil a mi llamada, a tu servicio,
ascendido a intención y a fuerza amante.
Concurrían las luces y las sombras
a la luz de quererte; concurrían
el gran silencio, por la tierra, plano,
suaves voces de nube, por el cielo,
al cántico que hacia ti que en mí cantaba.
Una conformidad de mundo y ser,
de afán y tiempo, inverosímil tregua,
se entraba en mí, como la dicha entra
cuando llega sin prisa, beso a beso.
Y casi
dejé de amarte por amarte más,
en más que en mí, confiando inmensamente
ese empleo de amar a la gran noche
errante por el tiempo y ya cargada
de misión, misionera
de un amor vuelto estrellas, calma, mundo,
salvado ya del miedo
al cadáver que queda si se olvida.

Sin título (inédito)




Que vives en mi pecho, yo lo sé.
Que diluyes la sangraza
de esta tinta fracasada si lo que escribo
ahora es tu nombre, yo lo sé:
no hay complejo literario que me aplaque
si enfrento tus seis letras
a la posible nada de esta página.

La luz, maldita luz (del poemario "Algo sagrado")




Porque esta luz que no apacienta
las ansias, la sed nueva e intratable
de la intensidad con que tú y yo nos miramos
a pecho abierto
                            -maldita luz,
fondo de falso confort, preámbulo
a un invierno impostor si negocia,
a la última hora del día y tu presencia,
de la tiniebla su yerma simetría
ganándonos los ojos-,
que agobia el ánimo, que constriñe la esperanza
de acaso intuir con fabuloso presagio
que tu ansiedad surgió
para trenzarse con la mía,
esta luz de ausencia, esta ceniza en las estancias
ulteriores de nuestro latido unánime,
se cobra en la diaria despedida
dos cadáveres abrazados
el uno contra el otro
en un portal cualquiera.


Porque no es el otoño con la ultimidad
de su muerte ubérrima en las calles de Madrid,
abiertas de repente a nuestro paso
engarzado y orgulloso, afortunados en nuestra pobreza
de sabernos uno hambre del otro
en el primer frío de octubre, ni es tampoco la noche
que avecina sus aprensiones renovadas
y propone un insomnio a cálculo ojizarco
de tu mirada centinela de mi sueño,
por más distancia que separe
la extrema delgadez de nuestros cuerpos.
Es más bien el tiempo, su carrera en nuestra contra
de rival invencible
                               -adelgaza las horas comunes
si nos vemos; tiende llanuras
de soledad esteparia si no puede darse
una cita precisa entre nosotros-,
quien así nos lleva por corredores inconclusos,
nos impone esta luz
                                  -maldita luz-
que pesga en el alma, desluce
las avenidas que conducen a tu vientre
de ensueño y de ternura,
donde tal vez (o seguramente) deba acontecer
la amorosa criatura, la presencia incalculable,
replegada plácidamente en la umbría de tu entraña,
que quizá algún día llamemos nuestro hijo.

martes, 26 de junio de 2012

Los placeres de la pobreza (fragmento), del poemario "Algo sagrado"





Ya te alumbró la promesa del altar
-oropeles y encajes-, barrenando supongo
la emoción de tu pecho
en noches clandestinas,
fiebres impías para un idilio sin sol
donde ampararse al relumbre
del ron y los bailes y lo sentimentalmente peligroso
de amar a sabiendas
de ser de pronto excluida del desorden del lecho,
así aconteciera la preñez del alba y su esplendor.


Ya te ofrecieron fortalezas en el mar
-tu mar del Norte
donde no hallaste puerto ni luces, ésas
que yo quisiera, al menos, igualar con mi mirada-,
tierra de por medio para un futuro razonable
y la coartada perfecta de la prosperidad
sin ambages incendiando tus ojos, imagino,
desde los acantilados,
azul contra azul, tus ojos y el mar,
el mar y tus ojos, y quizá también sus ojos.


Y tú eliges ahora a este hombre descastado,
flacos la bolsa y el ánimo, que barrunta
tu pasado con odiosos pormenores,
sin beneficio, sin más oficio que el de amarte
contra todo pronóstico,
haciéndote aún más pobre
porque mi tristeza no ayuda a tu tristeza.

lunes, 25 de junio de 2012

Poemas que no te leí (5): "Y tu infancia, dime...", de Gerardo Diego




Y tu infancia, dime, ¿dónde está tu infancia?,
que yo la quiero.
Las aguas que bebiste,
las flores que pisaste,
las trenzas que anudaste,
las risas que perdiste.
¿Cómo es posible que no fueran mías?
Dímelo, que estoy triste.
Quince años, sólo tuyos, nunca míos.
No me escondas tu infancia.
Pídele a Dios que nos desande el tiempo.
Volverá tu niñez y jugaremos.



Rumiando todos esos recuerdos e historias que me has contado hoy de tu infancia, cigarrillo en mano y sentados en la terraza, y haciéndolos míos. Hermanado con tus demonios, dándoles de beber ahora mismo en la concavidad de mi mano, maldiciendo el no habernos conocido desde siempre. Y salvarte. Y que me salvases.

miércoles, 20 de junio de 2012

Canciones que me perseguirán (1): "Madagascar", de Guns n´ Roses




Parece poco cortés utilizar este espacio, este blog a duras penas literario a inspiración -palabra irritante y ficticia donde las haya, si dejamos en un aparte lo romántico de la idea, puesto que es un hecho que el trabajo y el esfuerzo han hecho más por las obras de los hombres que las musas- de tu persona, para colgar aquí esas canciones que me perseguirán hasta el fin de mis días, que conforman una antología íntima, personal, individual y, a veces, incluso, intransferible, porque a nadie más que a uno mismo le gustan y raras veces se consigue que alguien las escuche del modo  en que yo las escucho, como si se tratara de la B.S.O. de mi vida; canciones que hacen sentir que las escribieron para uno, que alguien estuvo contemplando detenidamente cada uno de tus rasgos y circunstancias para anotarlas y parir unas letras y unos acordes basándose en ti. Creo que sabes a la perfección de lo que hablo; sé también de tu canciones-fetiche, de las cuales algunas, incluso, compartimos con idéntica fruición, y conozco bien algunos de los tracks de tu propia antología, tu propia banda sonora.

Pero no hay incoherencia en este propósito. Aunque me consta que la mayoría de las canciones que cuelgue aquí no serán de tu agrado -partimos de géneros musicales muy distintos, aunque los dos seamos eclécticos a ese respecto y sepamos encontrar, a veces, zonas comunes-, cada una de ellas estará expuesta en este espacio por tener mucho que ver contigo. Serán canciones desde las que, de algún modo, unas veces muy perceptible y otras no tanto, tu presencia emergerá de entre las notas y frases. 

Es el caso de esta canción, Madagascar. No hace falta que te diga que Guns n´ Roses es mi banda favorita,  y además, si haces memoria y revisas nuestra historia, la oirás metiéndole decibelios a muchos capítulos que hemos vivido juntos... Para prueba, un botón: ahí están Black leather (de la que no daré detalles aquí, y su historia en nuestra vida en común la reservo para nuestra intimidad), Estranged (que no me he atrevido a colgar aquí porque te conozco y sé que la hubieses interpretado como un síntoma de nostalgia no correspondida contigo o como una señal de mi consabida propensión a la catástrofe y mi enervante fatalismo, aunque esa canción recupere siempre para mí tu presencia, ya que se identifica muy bien con nuestra manera de sentir y la escuchamos juntos la primera noche en que quedamos), Used to love her (que me recuerda mucho a ti, porque, a su vez, a ti te recuerda mucho a tu madre, ya que esa canción le encanta), la magnífica versión Simpathy for the Devil -los dos estamos de acuerdo en que es mejor que la original de The Rolling Stones, aunque afirmar eso, para algunos, resulte sedición a la corona de Sus Satánicas Majestades, lo cual nos importa un huevo de pato-, y, ahora, Madagascar. De ella siempre me impactó una frase -si alguna vez encontramos el verdadero amor tendremos una manera de decidir-, por sospechar su significado sin llegar a descifrarlo del todo, y porque el haberte encontrado o que me encontrases me ha hecho al fin comprenderla. Como en la canción, poca gente daba un duro por mí, pocos creían que yo pudiera salir de la tormenta; el narrador de la canción -si es que es lícito usar esa expresión tratándose de música y no de literatura- intuye que el hallazgo del amor verdadero será el motivo que lo induzca a posicionarse ante el mundo y poder decidir sobre qué hacer con su existencia.

Lo mismo me ocurrió a mí, y por eso la dejo en el blog: para que así recuerdes siempre el peso que tu llegada ha tenido en mi vida, su benefactora influencia.

(Un último inciso respecto al enlace publicado: la traducción es muy floja y la canción en directo; Axl Rose desafina tanto que parece que le están pisando los cojones mientras canta. Pero es la mejor que he encontrado subtitulada.)

martes, 19 de junio de 2012

Dentro




¿Recuerdas? Hace ya más de un año -exactamente el 14 de junio de 2011- te escribí este poema y lo dejé como al descuido, agobiado de vergüenza no tanto por su temática y sí más bien por su dudosa calidad, en el blog A DESHORAS, esperando que lo encontrases y lo hicieras tuyo. No tardaste en comunicarte conmigo, y por primera vez me sentí un hombre cuando lo alabaste y supe que había tenido una buena acogida por tu parte. El resto es nuestra historia, y sólo a nosotros nos concierne.




Un abrazo no obliga. Nos servirá
ahora este momento
en que las brasas de tu baile están pidiendo sacrificio,
así como la espiga de tu talle
clama por toda mi sangre acumulada.
Como el mercurio, te quiero
maleable para hacer soportable mi lucha íntima,
el acerado rigor que habrá de complacerte
mientras rescato de tus pechos
una leche no materna.


Un abrazo no obliga. Nos servirá
ahora este momento
para soportar las imposturas de la noche
que los viejos amores regaron sobre nuestro insomnio.
Y si estoy dentro de ti, soy consuelo;
y si tú encima peso grato y volumen de espuma,
mientras me pregunto quién cosió alas níveas a tu espalda
si ruge en tu boca el exceso malsonante
y tu sexo, bajo la falda y al término,
es otra boca con toda el hambre atrasada.

lunes, 18 de junio de 2012

Poemas que no te leí (4): "Donde rompen las horas", de Eduardo García




Desperté y he venido,
mujer de humo y distancias, mujer innumerable,
a la azul vecindad de los espacios,
el cruce en que los itinerarios se desbordan,
horizonte o frontera
tras la cual nos esperan otras aguas.


Imagen detenida, desperté.
Me llamaba tu voz desde las pasarelas
del tiempo. Abrí los ojos. He venido
a besarte los labios minerales:
besos de cartón-piedra a la luz de los focos
que idealiza el recuerdo, tu mirada
más ágil que la luz hiere la tarde,
se acomoda en mis manos, habla, dice:


"En un tiempo sin tiempo, en el instante
mismo
de la respiración,
cuando la vida toda parece contemplarnos
desde la inhóspita región de lo posible,
más allá de sus lindes, mírame, 
podemos encontrarnos en la espuma,
donde rompen las horas
entre el siempre y el nunca y el quizás".




Y te callas, ausente como un árbol.
Y escucho por mi sangre resonar tu llamada
como el eco en un túnel confluye con la voz
de los faros que al fondo se vislumbran.
Y digo:


                  "Sí,
quisiera acompañarte a esa región que dices,
tu débil voz, tu calidad de nube,
tu cuerpo de eco turbio y leopardos".
Tiendo mis manos al encuentro, al puro
abrazo de las sombras. Casi rozo
tu umbría claridad cuando la luz
se interpone de pronto, me deslumbra
la vida, pierdo foco, palidece
tu imagen como aliento en el cristal,
se desmorona
rojo carmín tu voz en el silencio.


Regreso a este otro sueño en el que vivo,
con sus fríos relojes que no saben
detener el instante
y su lógica hostil y sus fronteras.
No hay sitio para ti:
irrespirable
el aire de este mundo.
No hay sitio para mí,
para mi oculta transparencia:
aquel que soy al fin cuando despierto
donde rompen las horas
entre el siempre y el nunca y el quizás.

No te faltaré



Lejos de mis deseos más inmediatos el hacer literatura en esta nueva entrada. De hecho, en los blogs que conduzco con más pena que gloria hay menos literatura de la que los visitantes que decidan asomarse por mis bitácoras personales puedan llegar a imaginar; el verdadero oficio literario, aquél en el que el poeta o el narrador se  siente como a luchar a manos desnudas con un animal esquivo (no siendo éste otro que el poema o el texto a ganarle a la página en blanco), lo ejecuto -bien lo sabes tú- en privado, trabajando en esos proyectos que a mí me parecen más susceptibles de convertirse en la obra de un hombre -una obra buena o mala, pero mía, y de la que sólo muestro una ínfima parte en estos pagos-, ajeno a tendencias y modas también habidas en esta profesión, alejado del todo de extrañas lealtades blogueras, en las que a uno se le reconoce su trabajo únicamente cuando a su vez reconoce el trabajo de otros, estando la calidad de la obra íntimamente ligada, entonces, al ejercicio de peloteo y los trabajos finos de succión que el que escribe esté dispuesto a llevar a cabo.

Así entonces, lo que hoy quiero escribirte poco o nada tiene que ver con las palabras. Acostumbrado a ser un orfebre maltrecho con ellas, a tratarlas, a escupirlas, a pulirlas, a buscarlas en noches de diccionario, a amartillarlas, a dirigirlas, a digerirlas también, sé de su poco valor, de su gratuidad y de su condición más de bagatela que de tesoro a ser descubierto y enriquecer las arcas del alma. El oro está en los actos; mis acciones me definen. Y sin embargo, a este presente ingrato solamente alumbrado por la luz de tu presencia y la de mi hija, necesito usar la herramienta afilada y herrumbrosa de las palabras para trabajar mis acciones y pedir con ellas una oportunidad que constate sus objetivos a alcanzar. Necesito saber que has estado, que estás y que estarás orgullosa de mí; me acucia la urgencia de trabajar mis días por ti, de sudar por tu bienestar, de que tengas la plena conciencia de que siempre me tendrás y que no te faltaré, y de que estas palabras que te digo ahora, cuando se hagan evidencia con tiempo y memoria, te hagan sentir la mujer más y mejor amada de este mundo, si consideramos que el amor es una responsabilidad hermosa.

No es la primera vez que te digo esto -no escrito, no en el blog que inspiras, sino de mi propia boca-, y presumo que no será la última. Creo sinceramente que no eres del todo consciente de la consistencia con que te digo que siempre me tendrás, aun incluso si algún día no estuviésemos juntos, y acaso eso suponga para ti, tal vez, una especie de chantaje, como una responsabilidad abrumadora que a uno le han impuesto sin que lo buscase, porque a menudo damos esperando recibir, y quien recibe, si es una persona honorable, se verá en la obligación de dar si no ha pedido en ningún momento lo que ha recibido. Yo no quiero pedirte nada a cambio, en caso de que ya no estemos juntos y necesites cualquier cosa de mí. Pero, lo sé: es difícil sostener en el tiempo esta afirmación. Entretanto, y si el tiempo tiene a desgracia demostrarte que lo que dije en su día, lo que te digo ahora, no eran meras palabras -a desgracia, porque eso significaría que nuestra historia habría perecido-, quiero repetírtelo una vez más: aunque no estemos juntos, aun a pesar de los desplantes que pudiésemos cometer el uno con el otro en el trance de la ruptura, aunque el orgullo no te permitiera pedir ayuda, aunque la soberbia te apretase grilletes en las lindes del corazón, sabes que puedes contar conmigo, a cualquier hora del día y de la noche, tanto si otro ocupara mi destino en tu vida o si estuvieses sola o si fuera yo quien hubiese rehecho su vida, para cualquier cosa, por vergonzosa o desleal que pueda llegar a parecerte, aunque sintieses que es despropósito hacia mí el pedirme ayuda en esas condiciones, o injusto, o incoherente. Yo buscaría los recursos, mentiría si es necesario, para acudir en tu ayuda. No te faltaré. No moriría mi memoria hacia ti, y una parte de mí siempre consultaría el teléfono móvil con la esperanza de una señal tuya, un S.O.S. aunque fuese disfrazado de otras intenciones, aunque tu amor o el mío ya no tuvieran vigencia en ese presente que me aterra imaginar, aunque tú, como siempre me has dicho, no des importancia a la memoria, ese lastre, esa cárcel a veces.

 Si eso ocurriese, recuerda solamente que yo soy Argos.


domingo, 17 de junio de 2012

Poemas que no te leí (3): "El taller amarillo", de José Luis Rey




Yo no sé trabajar en otra cosa
lo único que sé
es volar en la fiesta luminosa del cielo
y volver muy cansado
yo no sé trabajar pero lo intento tú sabes que lo intento
la tristeza naranja
no podrá con nosotros
no podrá con nosotros ni siquiera la huelga
es decir la gran noche
cuando el alma sea humo y no se oiga cantar
por eso cuando el frío
cuando acaba de pronto la jornada
y el aire huele a ti
y entonces vuelvo a casa sin monedas
empiezo a trabajar en lo que sé
empleado en tu cuerpo
cartero de tus ojos y tus dudas
este oficio de ver la maravilla
del que no me jubilo porque temo morir
es esto lo que sé
y también recordar mi niñez en el mundo
un pueblo bajo el mar la escuela los gorriones
las cosas que perdemos y labramos
y hacemos cada día en la gran fábrica
pero el amor es ciencia no dinero
y vuelvo con los hombres y juntos golpeamos la mañana
con los verdes martillos
hasta dejarla limpia y transparente
y horadamos el sol buscando un hueco
para aquellos que parten
mi trabajo es leyenda orgullo de vivir
nosotros
aprendices obreros del verano
nosotros que en la infancia de la espiga
ya tuvimos el sol dentro del cuerpo
cuando llegue el despido con sus últimas olas
arderá la herramienta del dolor
será todo silencio
y el taller amarillo flotará sobre el mundo
y seremos el pan que amanece despacio
nosotros que lo hicimos.

Señales




He regresado a casa inexplicablemente cansado, como deslucido de manera anticipada por la jornada que mañana tendré que sobrellevar sin ella, que hace unas horas se despidió de mí con ese gesto suyo, melancólico y casi infantil, que hace que la ame, si cabe, todavía más. Después de cerrar la puerta y depositar las llaves en el cenicero que hay sobre el mueble del recibidor –hay uno de esos chismes para colgar las llaves detrás de la puerta, pero yo siempre las dejo en el interior de ese cenicero que nunca se usa- he echado una vertiginosa ojeada al mobiliario y a las estancias del piso, como quien se asegura de que todo en su hogar permanece inmutable, en orden, que ningún elemento de su seguridad y confort ha sido modificado durante la ausencia. Luego me he sentado a añorarla en el mismo sofá raído donde anoche nos contábamos la vida, hacíamos planes, escuchábamos en la televisión un directo de Kings of Leon,  comentábamos los libros que estamos leyendo –ella prefiere la Generación del 27, mientras yo me identifico más con la promoción poética de los 50-  o me tomaba de la mano y entrelazaba sus dedos a los míos mientras veíamos un documental de Robert Ressler, porque sólo a una mujer de su enorme valía puede interesarle más el trabajo del creador de los perfiles psicológicos de los asesinos en serie –y quien acuñó en los años 70, precisamente, ese término, serial killer- que las temporadas de rebajas.

Tienen un deje de involuntario abandono las casas de esas personas que viven solas, que no esperan a nadie ni nadie las espera a ellas cuando, a esa hora variable y no estipulada de fin de jornada, regresan al hogar como con hojas secas en esa voz que no utilizarán para saludar o preguntar qué hay de cena o relatar los pormenores y anécdotas del día de trabajo. Puesto que con nadie conviven ni a nadie deben complacer o respetar, ese vaso sucio puede esperar algunas horas más en el fregadero, ese montón de ropa sin planchar sobre el respaldo del sofá no estorbará a nadie porque nadie se sentará en él, ni tampoco a nadie irritará que hayan algunas manchas de dentífrico en la loza del lavabo, por ejemplo. En caso de que esa persona que vive sola sea un hombre, el deje de abandono se hace considerablemente más visible. No es ya la limpieza del hogar, la organización del tiempo y el espacio, la administración de las tareas, la disciplina de unas costumbres saludablemente higiénicas; es que el hombre heterosexual que vive solo necesita de una mujer que colme su vida de pequeños detalles. No es una cuestión de machismo, sino de gusto estético y lucidez. Ella me hace falta cuando me distraigo y necesito a alguien que me advierta de que el penacho de ceniza de mi cigarrillo está a punto de derrumbarse y caer sobre mi ropa, cuando me indica el tiempo exacto de cocción que debe tener la pasta para que mi empeño en la cocina no sea un desastre gastronómico, cuando me recuerda que ya es la hora de que llame a mi hija o a cualquier otro miembro de mi familia… Para un hogar, nada como las señales que una mujer deja en él, repartidas por toda la casa como indicios a seguir.

Me levanto por fin del sofá cuando intuyo que el desasosiego de no tenerla, de no saber ya no esperarla, me hundirá en la pereza y en la más absoluta apatía, y, mientras me dispongo a realizar tareas que distraigan mi espera y adelgacen las horas hasta nuestro próximo encuentro, voy encontrando sus señales por donde quiera que vaya. Algunas, dejadas a propósito para que yo las encuentre: esas extensas notas de amor sobre el teclado de mi ordenador portátil; uno de sus bombones preferidos en la mesita de noche, junto al despertador y el libro que esté leyendo en ese momento; la parte de arriba de su pijama bajo mi almohada, previamente perfumada con su colonia… Otras, en cambio, son involuntarias pero igualmente válidas, atestiguando de igual modo que ha llenado de luz mi casa durante unos días y que volverá a hacerlo en breve: algún pelo suyo en mis sábanas o en mi almohada, una colilla de su marca de cigarrillos en el cenicero de mi escritorio, el nombre de una de sus canciones favoritas no borrado en el historial de la barra del buscador de Internet.

Me gusta encontrar sus señales por toda la casa, ir encontrando como al descuido los indicios de su presencia, sobre todo si indican que volverá, que me quiere aun a pesar de ir conociendo de a poco mis múltiples defectos, mi dejadez y mi propensión a la catástrofe. Así, mientras me encierro en el cuarto de baño y me desnudo para meterme en la ducha y pienso que luego no debo despistarme y dejar la ropa tirada por el suelo (más por ella que por mí, aunque ahora no esté y no pueda verme), me veo un momento en el espejo de cuerpo entero de la mampara y descubro la última señal del día, una marca violácea en mi cuello, practicada con sus dientes y sus labios, que me hace sonreír para adentro y pensar en qué momento pudo dejarla sin que yo lo advirtiera. 


martes, 12 de junio de 2012

Al Este (del poemario "Algo sagrado")




Me viese tantas veces esta carretera
soñarte compañera de viaje, a mi diestra,
cuando no existías aún
del modo edénico en que ahora existes para mí,
cuando yo todavía era desgreñado
y joven y fúnebre
                             y no sabía acallar
la impertinencia a compendio de mi deseo
para así aprender a escuchar el silencio azul y expectante
de tu futuro advenimiento.
                                          (Tú eras
niña clara entonces, espiga no desempeñada
aún a la inclemencia de una vida
que ya iba imponiéndote su aversión;
no me cuesta ahora imaginarte entre tus libros,
aplicada, delgada como el rayo, constante,
mientras yo, déspota y pubescente, flaco
así tal voluntad de hoja de ruta sin mapa,
a mano alzada cumplía despedidas
y echaba las tardes sin nada que hacer en las cunetas.)


Suenan canciones en el coche
que ya promulgan el recuerdo que aún no tengo de ti.
Madrid queda ya lejos
y tú en su laberinto, hilo de Ariadna,
pensándome quizás como yo te pienso en la carrera
a tierra baldía de tu ausencia
que hace más desierta la Autovía del Este
y su paisaje.


                         (Cómo es que estás,
si no estás, sentada a mi lado,
tomando fotografías, encendiendo un cigarrillo
que vendrás a ponerme en los labios para que no aparte
la mirada de la vía.)


Quiero, cuando levante mi huida,
que me acompañes:
                                 seas tú
punto de fuga y luna eléctrica
indeleble en el parabrisas, corredor
de helechos salvajes custodiando los arcenes,
incendio del horizonte, conciencia y compañera
allí donde la noche es blanda y dócil
si a sus márgenes hace surgir la vejez acusada
de los pueblos dormidos
y las ciudades son sólo de paso
en un nudo de autopistas.

miércoles, 6 de junio de 2012

Poemas que no te leí (2): Fragmento de "Cuatro poemas a una sombra", de Luis Cernuda




LA VENTANA


Recuerda la ventana
Sobre el jardín nocturno,
Casi conventual; aquel sonido humano,
Oscuro de las hojas, cuando el tiempo,
Lleno de la presencia y la figura amada,
Sobre la eternidad de un ala inmóvil,
Hace ya de tu vida
Centro cordial del mundo,
De ti puesto en olvido,
Enajenado entre las cosas.


Todo esplendor, misterio
Primaveral, el cielo luce
Como agua que en la noche orea;
Y al contemplarle, sientes
Pena de abandonar esta ventana,
Para ceder en sueño tanta vida,
Al reposo definitivo
Anticipado el cuerpo,
Cuando por el amor tu espíritu rescata
La realidad profunda.


Sin esperarle, contra el tiempo,
Nuevamente ha venido,
Rompiendo el sueño largo
Por cuyo despertar te aparecía
La muerte sólo; y trae
El sentido consigo, la pasión, la conciencia,
Como recién creados admirables,
En su pureza y su vigor primeros,
Que estando ya, no estaban,
Pues entre estar y estar hay diferencia.


Su voluntad, maestra de la tuya,
Delicia y miedo inspira,
Penetrando en la sangre, como música
Inmaterial dominadora,
Y al poder te somete de unos ojos,
Donde amanece el alma
Allá en su fondo azul, tranquilo y frío,
Hacia la luz alzados,
Unida a ellos, y unido tú con ellos
Por vida y muerte quieres contemplarlos.


El amor nace en los ojos,
Adonde tú, perdidamente,
Tiemblas de hallarle aún desconocido,
Sonriente, exigiendo;
La mirada es quien crea,
Por el amor, el mundo,
Y el amor quien percibe,
Dentro del hombre oscuro, el ser divino,
Criatura de luz entonces viva
En los ojos que ven y que comprenden.


Miras la noche a la ventana, y piensas
Cuán bello es este día de tu vida,
Por el encanto mudo
Del cual ella recibe
Su valor; en los cuerpos,
Con soledad heridos,
Las almas sosegando,
Que a una y otra cifra, dos mitades
Tributarias del odio,
A la unidad las restituye.


Un astro fijo iluminando el tiempo,
Aunque su luz al tiempo desconoce,
Es hoy tu amor, que quiere
Exaltar un destino
Adonde se conciertan fuerza y gracia;
Fijar una existencia
Con tregua eterna y breve, tal la rosa;
El dios y el hombre unirlos:
En obras de la tierra lo divino olvidado,
Lo terreno probado en el fuego celeste.


Como la copa llena,
Cuando sin apurarla es derramada
Con un gesto seguro de la mano,
Tu fe despierta y tu fervor despierto,
Enamorado irías a la muerte,
Cayendo así, ¿ello es muerte o caída?,
Mientras contemplas, ya a la aurora,
El azul puro y hondo de esos ojos,
Porque siempre la noche
Con tu amor se ilumine.



El poema que me hubiera gustado saber escribirte. Nunca llegué a entenderlo del todo (ni maldita la falta que me hace), pero siempre me recordó a ti.

Poemas que no te leí (1): "La palabra placer", por Gonzalo Rojas




La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo la
          palabra placer
cayendo del destello de tu nuca, fluyendo
blanquísima por lo vertiginoso oloroso de
tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas
de cuyo arco pende el Mundo, cómo lo
músico vino a ser marmóreo en la
en la esplendidez de tus piernas si antes hubo
dos piernas amorosas así considerando
claro el encantamiento de los tobillos que son
goznes que son aire que son
partícipes de los pies de Isadora
Duncan la que bailó en la playa
abierta para Serguei
Iesénin, cómo
eras eso y más para mí, la
danza, la contradanza, el gozo
de olerte ahí tendida recostada en tu ámbar contra
el espejo súbito de la Especie cuando te vi
de golpe, ¡con lo lascivo
de mis dedos te vi!, la
arruga errónea, por decirlo, trizada en
lo simultáneo de la serpiente palpándote
áspera del otro lado, otra
pero tú misma en
la inmediatez de la sábana, anfibia
ahora, vieja
vejez de los párpados abajo, pescado
sin océano ni
nada que nadar, contradicción
siamesa de la figura
de las hermosas desde el
paraíso, sin
nariz entonces rectilínea ni pétalo
por rostro, pordioseros de los pezones, más
y más pedregosas las rodillas, las costillas:
-¿Y el parto, Amor, el
tisú epitelial del parto?


De él somos, del
mísero dos partido
en dos somos, del
báratro, corrupción
y lozanía y
clítorix y éxtasis, ángeles
y muslos convulsos: todavía
anda suelto todo, ¿qué
nos iban a enfriar por eso los tigres
desbocados de anoche? Placer
y más placer. Olfato, lo
primero es el olfato de la hermosura, alta
y esbelta rosa de sangre a cuya vertiente vine, no
importa el aceite de la locura:
                                                 -Vuélvete, paloma
                                                 que el ciervo vulnerado
                                                  por el otero asoma.

martes, 5 de junio de 2012

Soul shield (del poemario "Algo sagrado")


UNO




Amiga mía, ahora
que has ganado con creces ese rango,
que son hábito y hogar ahora tus palabras
donde es preciso arrimarme
prieto para abrigarme contigo de mí mismo,
hogar y hoguera ahora tus palabras
para lanzar a ellas los recuerdos
que ya no necesito -que ardan,
que ardan, malditos-, ahora y en tu voz
y tu escritura el exacto lenitivo,
la nocturnidad donde ya no ha de guarecerse
lamento alguno a resultas de qué culpa.


Me hablas, me sosiegas;
eres libro viejo, amigo, que espera en mi mesita
la noche insurgente en que deba concederme escudo
cuando la ansiedad o la aprensión
me encañonen a la nuca, o ese mirlo
que trepa un canto luminoso a mi ventana
y se mimetiza en lo oscuro y allí conspira
para aniquilar la madrugada desde dentro.


Así tu amigable retórica, tus palabras,
esa frase dicha siempre a tiempo
para pronunciarte a la diestra de mis ilusiones,
lamen sin asco esa llaga que padece mi vida, cauteriza
este costado al aire, expuesto al sol de medianoche y los gusanos,
hacia donde yo me repliego y me guarezco de los otros,
muladar de mis logros a medias y mi suerte,
escombrera a polvo de mi ocio y mis horas vacías,
miasma inocuo de mi aliento que ya sueña,
desde hace algún tiempo, cubrirte
esas palabras con un beso.





DOS




Pero también tú herida, también tú
alero agusanado a veces
de pájaro muerto,
                               y no sé si ya te sirve
esta correspondencia de tarde y en la noche
donde yo ya te quiero sin llegar a decírtelo.


Si preguntases por mí, si abolieras
de un solo tajo esta distancia física de ahora
que nos mantiene a descubrir despiertos un mismo amanecer
ocurriendo al tiempo en dos ciudades diferentes,
y me nombraras ansiosa y expectante en mi rutina,
y buscases así mis ojos entre los ojos
que dan miedo de la gente, y allí preguntaras
por mí, por mis protegidos y mis asesinados,
a esos amigos que enemistaron con las mías sus pasiones,
a esos enemigos que alguna vez me invitaron a una copa,
y les preguntases a ellos y a mi propia vida
siempre establecida en la carencia,
sabrías que soy de esas personas que nadie,
nunca, recomienda.


                                     A ti
puedo decírtelo; calidad de confesor
traigo en el amor que te profeso.
Porque también tú herida, también tú
hábito noctámbulo de error cometido,
hora baja, basura, mala compañía,
zona de sombra, criatura errabunda
que se lame la culpa inmerecida a expensas
de qué cálido olvido.


No sé si ya te sirve
esta correspondencia de tarde y en la noche,
porque el teléfono comunica
repitiendo tu nombre y su fulgor
y yo ya necesito verte y que me veas
para desarmar juntos tantas oscuras delaciones.

Zahorí (del poemario "Algo sagrado")




Me buscaste
                       -zahorí
incansable a un alma como agua
subterránea- cuando intentaba la tristeza
de ciertas sonrisas resignadas, aviesas, con que cobran
sentido algunos exilios personales.


Ni una voz eras cuando me hablaste
por primera vez, pero de ti leí que tenían
sed tus palabras de ser toda la sed
que pueda llegar a sentirse acumulada en el mar.
No tenía consistencia aún tu presencia
ni desmayado cuello tu aroma
donde cometer depredaciones;
de ti sólo sabía el fulgor de tu nombre,
la albura del ave que enjaulan tus siglas
en que yo intuía la orfandad de esa niña que asomaba
sus sorpresas a mi vida en las deshoras,
y algo del dique en tus ojos azules
que no alcanza a contener el océano que te ruge dentro.


Por un saludo me llegaron a un tiempo tu alegría
y tu desgarro, contrarios entre ellos,
la tinta de tu voz extinta entonces que era casi
demanda urgente de las mejores pasiones soñadas
que puedan recopilarse en los libros mejores.
Pienso ahora en tu álbum de fotografías
antes de hacerte carne y hueso y piel y anuncio
y presencia imprescindible e infalsificable:
no te hacía justicia esa virtualidad,
por impersonal y lejana; era
ficticia tu fragilidad, sin correspondencia
hallada con esa esgrima en tu mirada que devuelve
mandobles de bélico cobalto cuando te sabes guerrera;
tu aparente inocencia no lo era tanto.


Yo era solo sin ti,
solo en compañía, solo con nadie.
Desgranaban los últimos días
de ese tipo de primavera encomiable que buscamos,
como un consuelo al modo
de un abstracto sistema de defensa, aquellos
a los que el invierno se nos encona
en los sofisticados pliegues del alma.


Me buscaste.
                        ¿A qué
ahora tratar de encontrarle a esa búsqueda
razones? Pero me asombro aún al pensar
que fui yo a quien tú elegiste,
pues es la mujer siempre la que elige al hombre.
Me buscaste.
                         Me cuesta creer
que un molde de azar definiera nuestros pasos
respectivos, los del uno dirigidos hacia los del otro,
pero es sabido que todos los amantes tienden a imaginar
que su historia única fue urdida por fuerzas mayores e invisibles.


Entretanto, yo me pregunto, aún
me pregunto, cuando a la noche que no acaba
me estallan en el pecho celos retrospectivos
y futuros, qué viste en mí,
qué resolución de amor vislumbraste tal vez en mi sonrisa,
qué herida quizá que te hiciera conmoverte
para hacerte confundir por una sola letra
pasión con piedad,
ahora cuando tiemblo al pensar en todas las probabilidades
que tuvimos en contra
para no encontrarnos nunca.

Predio y prefacio (poema de apertura del poemario "Algo sagrado")



Si eres luz, soledad, yo no lo sé,
o si sencillamente eres tristeza,
porque a veces alumbres mi interior,
y otras me doblegues como a un campo
dormido bajo el agua.

RAÚL ALONSO, Soledad




Que yo era de ti, que aún lo sigo siendo
si consideramos que nadie puede revestirse en mi dolor,
ni rumiar mi ceniza, ni haber nacido por mí,
ni aun mucho menos -y todavía-
deconstruir mi muerte futura para acolmillarla 
a fondo en su propia experiencia.
Que yo caminaba gris y recio por una trama de calles
que conducen por norma a nadie y al nunca,
tránsfuga de mí, de la mano de ninguno
al encuentro de los días sin semanas,
cruzando por el apremio inútil de las tardes tristes
para sólo arribar en las aprensiones de tantas noches
boca arriba, insociable en mi soberbia de hombre solo
que no sabe todavía que se niega a ser feliz,
intratable en el marco de tu amor y de tu asedio,
en tu ruta de bares que ya cierran
donde darse citados desencuentros, citas desganadas,
tu turbio callejero donde ni el viento decía
siquiera la sola inicial de mi nombre.


Y allí en mi moridero de entonces, allí
en mi éxodo particular y sin migración,
quise al fin demudarme de todo sentimiento,
constatar, en la mirada dura de los otros,
que mi aterido paso era camino exiguo
para uno solo, lavado al cabo de toda compañía,
impostor anacoreta que trata de lograr templanza,
para la banal estolidez de sus deseos,
componiendo solidez de alma y baluarte
a partir de una exigente penitencia trasnochada;
y pacía mi ansiedad acodado en una barra cualquiera,
bebiendo el lenitivo tóxico de los nunca conjurados,
y leía en el periódico las noticias que no hablaban
de ti, de mí o de ella, de su presencia ahora
rescatándome de un tiempo que parecía inconcluso
y que era, sin embargo, puro carpetazo,
cierre echado a lo que fui sin nadie
y ya nunca más quisiera recordar
amparado en el ideal protectorado de su espalda.


No fueron dolor esos días
-no puede denominarse dolor
a aquello que no consigue conmovernos-,
sino más bien inercia inútil,
cuchilla roma, autovía sin océano al cabo.
Estaba solo, eso es todo:
solo al modo en que el porvenir no te pronuncia
y se suceden en la vida
horas iguales, días estáticos e idénticos;
solo a la manera en que, tú me enseñaste,
en el cómputo de tus deslumbramientos y tus desgracias,
suelen nacer y morir todas las criaturas.


Pero ahora me encomiendo
a sus cuidados, al alcaloide de su risa
que sinceramente me contagia,
vuelto a ser niño amadrigado
en un ceño de ternura, a ser
página en blanco donde pasado y futuro
han perdido su amenaza;
a las níveas palomas
liberadas en su abrazo sin artificio,
a su séquito de esperanzas repartidas
por el umbral del sueño que no cabía en mí
y hoy es portal desde donde me hablan sus ojos.


Tu precio ya no me interesa
pagarlo, soledad que me mostraste
lo mejor y lo peor de mí mismo.
Descreo ya de tu amor con condiciones.
No obstante, aún te espero llegar
tendiendo tu íntima llanura inextinguible
así en la muerte o la ruptura,
como si ambas no fueran una misma cosa.


Tanto me enseñaste, que de ti aprendí
a procurar vadear los presagios que intuyen 
sombra, a saber que tan concisa,
y tan absurda también a veces,
ensombreces o iluminas -antídoto o cicuta-
tanto difuso arrumbamiento
a ninguna parte
y el corazón temerario de los hombres.


Alcalá de Henares, febrero de 2012



lunes, 4 de junio de 2012

En el comienzo...

video



Hay que desconfiar del halago, del elogio; y cuanto más fáciles sean éstos, más disuasoria debiera tornarse la conciencia que los acoge y los acepta, no sólo a fin de no sobrealimentar su vanidad con espejismos de amistad y amor frugales, volátiles y efímeros, sino también para aprender que siempre se paga un precio por ellos. Aun cuando el que elogia lo hace de una manera sincera y diáfana, su elogio busca algo a cambio; y así el elogiado debe calibrar si el precio que deberá pagar por ello es perverso o inocente, y decidir si puede pagarlo o le interesa hacerlo. Tú misma me dijiste en una ocasión que te fijaste en mí porque no entré en la dinámica de otros hombres del piropo manido y el halago fácil, aun cuando hubiesen sido completamente sinceros.  Sé de sobra (porque no solamente tú me lo has dicho una y mil veces, y es una opinión que muchos que me conocen comparten contigo) que vivo con la guardia alta, que soy una persona desconfiada hasta un punto, en muchos casos, enfermizo, que busco siempre un trasfondo oscuro o segundas intenciones en el trato que los otros me brindan; y esta disertación a modo de introducción de la entrada, acerca del precio que hay que pagar por recibir un elogio, no hace sino constatar los rasgos más detestables y desgarrados de mi carácter de perro apaleado.

Precisamente un perro. Curioso que esta palabra, perro, sea tan significativa en esta primera entrada de un blog que se ha parido con la única finalidad de resultar merecido homenaje hacia la persona que amo. Porque siempre he sostenido que mi lealtad es la del perro que duerme sobre la lápida de su amo fallecido. (Puedes creer en ello, aun cuando a mí me cuesta tanto creer en lo que me dicen los demás, escéptico como soy hasta de mi propio escepticismo. Pero te estoy ofreciendo, sin lugar a dudas, pese al cómputo enervante  de todos mis defectos y rarezas, el rasgo que a mí me parece más admirable de mi personalidad.) En estos tiempos que corren, vertiginosos y estrambóticos, se barajan demasiados halagos y muy pocas sinceras lealtades. A fin de estimularse vehementemente el ego, uno siempre puede encontrar el beneplácito y el aplauso fácil tomando copas en un bar cualquiera o abriéndose una cuenta en cualquier red social al uso, donde a poco que uno se tire un pedo encontrará sin esfuerzo seguidores dispuestos a olerlo e "imperecederos amigos" que durarán tanto como la opinión que se tenga de la vida en general sea acorde con sus propias opiniones. Palmadas en la espalda, beso a granel, risas que son compartidas siempre que sean las de dos dirigidas a un tercero ajeno a esos intereses; pero la lealtad es tan duradera como el tiempo de permanencia en la posición del que está arriba, ebrio de éxito, y descenderá ostensiblemente en función de lo que dure la caída -siempre acaba llegando la caída-, hasta desaparecer.

Que mejor, entonces, para denominar este blog, que hacer referencia a Argos, ese perro que Homero inmortalizó en unos versos y que esperó durante veinte años a su amo Odiseo, reconociéndolo en cuanto lo vio, a pesar de la apariencia de mendigo que le aportaba su disfraz a la llegada a Ítaca. Ese pasaje homérico es el que quizá, de toda la literatura habida y por haber, más fidedignamente refleja lo que debe ser una lealtad: Argos, envejecido y enfermo, es el primero y único que reconoce a Odiseo sin necesidad de signos o señales, sin haber conminado a éste a pagar el precio de ningún elogio ni esperar nada a cambio, y muere luego de manifestar su alegría por ver de nuevo a su amo.

Pero esta historia ya la sabes, porque tú me la hiciste conocer, porque me has enseñado tanto aun cuando ignorabas que pudieras enseñarme nada, y por eso te amo, y he aquí mi reconocimiento: el reconocimiento de Argos.