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lunes, 18 de junio de 2012

No te faltaré



Lejos de mis deseos más inmediatos el hacer literatura en esta nueva entrada. De hecho, en los blogs que conduzco con más pena que gloria hay menos literatura de la que los visitantes que decidan asomarse por mis bitácoras personales puedan llegar a imaginar; el verdadero oficio literario, aquél en el que el poeta o el narrador se  siente como a luchar a manos desnudas con un animal esquivo (no siendo éste otro que el poema o el texto a ganarle a la página en blanco), lo ejecuto -bien lo sabes tú- en privado, trabajando en esos proyectos que a mí me parecen más susceptibles de convertirse en la obra de un hombre -una obra buena o mala, pero mía, y de la que sólo muestro una ínfima parte en estos pagos-, ajeno a tendencias y modas también habidas en esta profesión, alejado del todo de extrañas lealtades blogueras, en las que a uno se le reconoce su trabajo únicamente cuando a su vez reconoce el trabajo de otros, estando la calidad de la obra íntimamente ligada, entonces, al ejercicio de peloteo y los trabajos finos de succión que el que escribe esté dispuesto a llevar a cabo.

Así entonces, lo que hoy quiero escribirte poco o nada tiene que ver con las palabras. Acostumbrado a ser un orfebre maltrecho con ellas, a tratarlas, a escupirlas, a pulirlas, a buscarlas en noches de diccionario, a amartillarlas, a dirigirlas, a digerirlas también, sé de su poco valor, de su gratuidad y de su condición más de bagatela que de tesoro a ser descubierto y enriquecer las arcas del alma. El oro está en los actos; mis acciones me definen. Y sin embargo, a este presente ingrato solamente alumbrado por la luz de tu presencia y la de mi hija, necesito usar la herramienta afilada y herrumbrosa de las palabras para trabajar mis acciones y pedir con ellas una oportunidad que constate sus objetivos a alcanzar. Necesito saber que has estado, que estás y que estarás orgullosa de mí; me acucia la urgencia de trabajar mis días por ti, de sudar por tu bienestar, de que tengas la plena conciencia de que siempre me tendrás y que no te faltaré, y de que estas palabras que te digo ahora, cuando se hagan evidencia con tiempo y memoria, te hagan sentir la mujer más y mejor amada de este mundo, si consideramos que el amor es una responsabilidad hermosa.

No es la primera vez que te digo esto -no escrito, no en el blog que inspiras, sino de mi propia boca-, y presumo que no será la última. Creo sinceramente que no eres del todo consciente de la consistencia con que te digo que siempre me tendrás, aun incluso si algún día no estuviésemos juntos, y acaso eso suponga para ti, tal vez, una especie de chantaje, como una responsabilidad abrumadora que a uno le han impuesto sin que lo buscase, porque a menudo damos esperando recibir, y quien recibe, si es una persona honorable, se verá en la obligación de dar si no ha pedido en ningún momento lo que ha recibido. Yo no quiero pedirte nada a cambio, en caso de que ya no estemos juntos y necesites cualquier cosa de mí. Pero, lo sé: es difícil sostener en el tiempo esta afirmación. Entretanto, y si el tiempo tiene a desgracia demostrarte que lo que dije en su día, lo que te digo ahora, no eran meras palabras -a desgracia, porque eso significaría que nuestra historia habría perecido-, quiero repetírtelo una vez más: aunque no estemos juntos, aun a pesar de los desplantes que pudiésemos cometer el uno con el otro en el trance de la ruptura, aunque el orgullo no te permitiera pedir ayuda, aunque la soberbia te apretase grilletes en las lindes del corazón, sabes que puedes contar conmigo, a cualquier hora del día y de la noche, tanto si otro ocupara mi destino en tu vida o si estuvieses sola o si fuera yo quien hubiese rehecho su vida, para cualquier cosa, por vergonzosa o desleal que pueda llegar a parecerte, aunque sintieses que es despropósito hacia mí el pedirme ayuda en esas condiciones, o injusto, o incoherente. Yo buscaría los recursos, mentiría si es necesario, para acudir en tu ayuda. No te faltaré. No moriría mi memoria hacia ti, y una parte de mí siempre consultaría el teléfono móvil con la esperanza de una señal tuya, un S.O.S. aunque fuese disfrazado de otras intenciones, aunque tu amor o el mío ya no tuvieran vigencia en ese presente que me aterra imaginar, aunque tú, como siempre me has dicho, no des importancia a la memoria, ese lastre, esa cárcel a veces.

 Si eso ocurriese, recuerda solamente que yo soy Argos.


1 comentario:

  1. Y tú siempre me tendrás a mi, pero porque siempre estaré a tu lado. No pienso jugar a imaginar el dolor de nuestra separación. No. Soy feliz a tu lado, y aquí me quedo. Mano a mano, porque te amo. Gracias, amor.

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