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domingo, 17 de junio de 2012

Señales




He regresado a casa inexplicablemente cansado, como deslucido de manera anticipada por la jornada que mañana tendré que sobrellevar sin ella, que hace unas horas se despidió de mí con ese gesto suyo, melancólico y casi infantil, que hace que la ame, si cabe, todavía más. Después de cerrar la puerta y depositar las llaves en el cenicero que hay sobre el mueble del recibidor –hay uno de esos chismes para colgar las llaves detrás de la puerta, pero yo siempre las dejo en el interior de ese cenicero que nunca se usa- he echado una vertiginosa ojeada al mobiliario y a las estancias del piso, como quien se asegura de que todo en su hogar permanece inmutable, en orden, que ningún elemento de su seguridad y confort ha sido modificado durante la ausencia. Luego me he sentado a añorarla en el mismo sofá raído donde anoche nos contábamos la vida, hacíamos planes, escuchábamos en la televisión un directo de Kings of Leon,  comentábamos los libros que estamos leyendo –ella prefiere la Generación del 27, mientras yo me identifico más con la promoción poética de los 50-  o me tomaba de la mano y entrelazaba sus dedos a los míos mientras veíamos un documental de Robert Ressler, porque sólo a una mujer de su enorme valía puede interesarle más el trabajo del creador de los perfiles psicológicos de los asesinos en serie –y quien acuñó en los años 70, precisamente, ese término, serial killer- que las temporadas de rebajas.

Tienen un deje de involuntario abandono las casas de esas personas que viven solas, que no esperan a nadie ni nadie las espera a ellas cuando, a esa hora variable y no estipulada de fin de jornada, regresan al hogar como con hojas secas en esa voz que no utilizarán para saludar o preguntar qué hay de cena o relatar los pormenores y anécdotas del día de trabajo. Puesto que con nadie conviven ni a nadie deben complacer o respetar, ese vaso sucio puede esperar algunas horas más en el fregadero, ese montón de ropa sin planchar sobre el respaldo del sofá no estorbará a nadie porque nadie se sentará en él, ni tampoco a nadie irritará que hayan algunas manchas de dentífrico en la loza del lavabo, por ejemplo. En caso de que esa persona que vive sola sea un hombre, el deje de abandono se hace considerablemente más visible. No es ya la limpieza del hogar, la organización del tiempo y el espacio, la administración de las tareas, la disciplina de unas costumbres saludablemente higiénicas; es que el hombre heterosexual que vive solo necesita de una mujer que colme su vida de pequeños detalles. No es una cuestión de machismo, sino de gusto estético y lucidez. Ella me hace falta cuando me distraigo y necesito a alguien que me advierta de que el penacho de ceniza de mi cigarrillo está a punto de derrumbarse y caer sobre mi ropa, cuando me indica el tiempo exacto de cocción que debe tener la pasta para que mi empeño en la cocina no sea un desastre gastronómico, cuando me recuerda que ya es la hora de que llame a mi hija o a cualquier otro miembro de mi familia… Para un hogar, nada como las señales que una mujer deja en él, repartidas por toda la casa como indicios a seguir.

Me levanto por fin del sofá cuando intuyo que el desasosiego de no tenerla, de no saber ya no esperarla, me hundirá en la pereza y en la más absoluta apatía, y, mientras me dispongo a realizar tareas que distraigan mi espera y adelgacen las horas hasta nuestro próximo encuentro, voy encontrando sus señales por donde quiera que vaya. Algunas, dejadas a propósito para que yo las encuentre: esas extensas notas de amor sobre el teclado de mi ordenador portátil; uno de sus bombones preferidos en la mesita de noche, junto al despertador y el libro que esté leyendo en ese momento; la parte de arriba de su pijama bajo mi almohada, previamente perfumada con su colonia… Otras, en cambio, son involuntarias pero igualmente válidas, atestiguando de igual modo que ha llenado de luz mi casa durante unos días y que volverá a hacerlo en breve: algún pelo suyo en mis sábanas o en mi almohada, una colilla de su marca de cigarrillos en el cenicero de mi escritorio, el nombre de una de sus canciones favoritas no borrado en el historial de la barra del buscador de Internet.

Me gusta encontrar sus señales por toda la casa, ir encontrando como al descuido los indicios de su presencia, sobre todo si indican que volverá, que me quiere aun a pesar de ir conociendo de a poco mis múltiples defectos, mi dejadez y mi propensión a la catástrofe. Así, mientras me encierro en el cuarto de baño y me desnudo para meterme en la ducha y pienso que luego no debo despistarme y dejar la ropa tirada por el suelo (más por ella que por mí, aunque ahora no esté y no pueda verme), me veo un momento en el espejo de cuerpo entero de la mampara y descubro la última señal del día, una marca violácea en mi cuello, practicada con sus dientes y sus labios, que me hace sonreír para adentro y pensar en qué momento pudo dejarla sin que yo lo advirtiera. 


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