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martes, 5 de junio de 2012

Soul shield (del poemario "Algo sagrado")


UNO




Amiga mía, ahora
que has ganado con creces ese rango,
que son hábito y hogar ahora tus palabras
donde es preciso arrimarme
prieto para abrigarme contigo de mí mismo,
hogar y hoguera ahora tus palabras
para lanzar a ellas los recuerdos
que ya no necesito -que ardan,
que ardan, malditos-, ahora y en tu voz
y tu escritura el exacto lenitivo,
la nocturnidad donde ya no ha de guarecerse
lamento alguno a resultas de qué culpa.


Me hablas, me sosiegas;
eres libro viejo, amigo, que espera en mi mesita
la noche insurgente en que deba concederme escudo
cuando la ansiedad o la aprensión
me encañonen a la nuca, o ese mirlo
que trepa un canto luminoso a mi ventana
y se mimetiza en lo oscuro y allí conspira
para aniquilar la madrugada desde dentro.


Así tu amigable retórica, tus palabras,
esa frase dicha siempre a tiempo
para pronunciarte a la diestra de mis ilusiones,
lamen sin asco esa llaga que padece mi vida, cauteriza
este costado al aire, expuesto al sol de medianoche y los gusanos,
hacia donde yo me repliego y me guarezco de los otros,
muladar de mis logros a medias y mi suerte,
escombrera a polvo de mi ocio y mis horas vacías,
miasma inocuo de mi aliento que ya sueña,
desde hace algún tiempo, cubrirte
esas palabras con un beso.





DOS




Pero también tú herida, también tú
alero agusanado a veces
de pájaro muerto,
                               y no sé si ya te sirve
esta correspondencia de tarde y en la noche
donde yo ya te quiero sin llegar a decírtelo.


Si preguntases por mí, si abolieras
de un solo tajo esta distancia física de ahora
que nos mantiene a descubrir despiertos un mismo amanecer
ocurriendo al tiempo en dos ciudades diferentes,
y me nombraras ansiosa y expectante en mi rutina,
y buscases así mis ojos entre los ojos
que dan miedo de la gente, y allí preguntaras
por mí, por mis protegidos y mis asesinados,
a esos amigos que enemistaron con las mías sus pasiones,
a esos enemigos que alguna vez me invitaron a una copa,
y les preguntases a ellos y a mi propia vida
siempre establecida en la carencia,
sabrías que soy de esas personas que nadie,
nunca, recomienda.


                                     A ti
puedo decírtelo; calidad de confesor
traigo en el amor que te profeso.
Porque también tú herida, también tú
hábito noctámbulo de error cometido,
hora baja, basura, mala compañía,
zona de sombra, criatura errabunda
que se lame la culpa inmerecida a expensas
de qué cálido olvido.


No sé si ya te sirve
esta correspondencia de tarde y en la noche,
porque el teléfono comunica
repitiendo tu nombre y su fulgor
y yo ya necesito verte y que me veas
para desarmar juntos tantas oscuras delaciones.

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