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jueves, 26 de julio de 2012

Canciones que me perseguirán: "Back down south", de Kings of Leon



Me gusta mucho escuchar esta canción en el coche contigo, y tiene frases que a ti y a mí nos vienen al pelo. Esta banda siempre irá asociada a tu recuerdo.


Salgamos y bailemos, si es posible.
Vamos a escupir sobre nuestros rivales.
Todo lo que quiero saber es hasta dónde quieres llegar.
Luchemos por sobrevivir.
Si tú quieres ir, yo también quiero hacerlo.

lunes, 23 de julio de 2012

Insurrecto, del poemario "Algo sagrado".





No me rendiré. Por más
que tus ojos a veces emulen
el hielo de siglos
de alguna estrella ya extinta,
o si se endurece tu mirada
con total descrédito de mí,
acerada y como puesta a batallar en el barro
del asombro con que mis ojos aún te miran
como a Dios se mira o se mira al mar,
como puesta a parir el alma en desespero
de un odio transitorio regido por la duda
de no saber a ciencia exacta y certidumbre
si la felicidad es palabra de agua contenida
en el recipiente pródigo de un diccionario
que apenas uno abre
con tan alta expectativa
ya se escapa
entre las manos.


                                No me rendiré. Me gustas
                                con coraje, por más
que a veces te tornes oscura como transido obituario
intervenido entre las páginas de un libro de la infancia,
o reniegues de mi fe puesta en ti, mi esperanza
que hilvana no vanas certezas de amor
que tú harías trascender sin miramientos
al manido espejismo del idilio.


Quizás tú todavía ignores
que vives errónea sólo por creerte repleta de errores;
pero no olvides que yo sé cribar las apariencias
y te siento indulto, guardesa estilizada,
gacela custodiando el valor agredido
del león que tiembla dentro de mis miedos.
Conozco y amo
el refractario azul turquesa de la luz
redentora que tus ojos me muestran cuando no sonríes
          con la boca.


                                    Así es que no me rendiré.
Insurrecto de la inquina de tu pena,
yo sabré levantarte con pasión
desaforada, por más
que declares la guerra a estas ansias de vivir
que en mi pecho resurgieron por virtud
de tu presencia, cuando yo también
obvié el milagro de las pequeñas cosas
y rompí, a horas bajas, todos
mis poemas. (Una retirada a tiempo,
digan lo que digan, nunca
es una victoria.)

jueves, 19 de julio de 2012

Poemas que no te leí (11). "Estancias sobre la conveniencia de pintar las vigas de azul", de Carlos Barral



(Adoro este poema más por la capacidad de sugestión que produce en mí que por su temática, por imaginarnos, cuando lo leo, los dos juntos en un puerto, lugar fetiche para mí. De Carlos Barral se ha dicho que era el poeta menos dotado de la Promoción Poética de los 50; pero a mí, enamorado de esa generación por sentirla tan afín con mi propia manera de escribir y de entender la poesía, me parece un poeta tan grande como cualquiera de los otros integrantes: Ángel González, José Ángel Valente (mi favorito), José Manuel Caballero Bonald y el resto. Esperando siempre que te guste; confiando en que, alguna vez, a fuerza de presentártela, abraces la poesía y te animes a escribirla. Te amo.)


(en una alcoba frente al mar)


...que festejen los cuerpos...


Sería como un cielo estriado,
tirante, que barren las capas más altas del viento,
una sombra más fría
cruzando en tus ojos redondos
la sombra agresiva de las siestas de agosto.


Igual que las raíces de un agua inacabada
que persiste en los cuerpos bajo la piel ardiente
y otra vez nos acerca y humedece el silencio.
Como un celaje de altamar a franjas
que haría nuestro amor aventurado
y quizás casi adúltero, que haría
más oscura la curva de tu vientre
en los nervios del alba,
                                      cuando acude
ese otro azul más denso y no se sabe
si comienza o termina la jornada.


Sería congruente con las voces
de los que vuelven de la mar,
con las series sonoras:
ruido de estiba y pasos y de nuevo
el crujir de madera de las cajas
y el caminar pesado de las botas
y otra vez el crujido,
                                  con que hostiga
la mañana a los cóncavos del sueño
y tropiezo en tu cuerpo, cuando el agua
es todavía acero en que el azul pretende,
inercia de otro espacio y cavernosa
materia indefinida de tiempo o de bonanza.


...puntúen el espíritu...


Y en ese pensamiento que se mezcla
con olores y ruidos,
en ese meditar de entre la tarde,
quieto como en un golfo de fatiga,
a blancos intervalos, a distancias
de una idea perdida -como trazos
de otra experiencia material- serían
texto en sí mismas, ventajoso esquema
de referencias que la luz remueve
según gobierna el sol el aire limpio
de por la mar y el tiempo se separa
-sin que nadie lo sufra- en dos mitades
o recuerdos brevísimos, en fibras
de querer recordar, y vuelve el pensamiento
y está el techo presente y más oscuro.


El humo del tabaco las lamería, turbio
como una nube baja,
y roería la arista de las ideas claras,
demasiado precisas. Y en cuerpos espumosos,
como un castillo vivo de tormenta,
abatiría el vuelo de la imaginación. Lo mismo
que esa hora en el mar, cuando se cruza
la niebla en nuestra ruta y nos reduce
al mundo más cercano, a la madera
asediada de angustia y de ignorancia,
cuando el estar pensando y el peso de los miembros
son un solo sujeto que a menudo ignoramos.


...y mitiguen las sombras intermedias...


Y todavía más se harían entrañables
-ruda reja celeste que detiene
la devorante inercia de las cosas-
en las horas ahogadas de abandono,
de miedo o de vergüenza que me tumban
con los ojos abiertos cara arriba
y restañan la frente y desparraman
el polvo de las viejas emociones.


Y en la excavada sombra que se siente
midiéndose hacia dentro en estos casos
será bien tropezar con estas varas
pintadas con recuerdos de la infancia,
de un tiempo en que este techo protegía
otro vacío semejante, pero
creciendo en el sentido de los árboles.
Un azul indulgente
de parientes ingenuos, sorprendido
cuando preferimos no oír la respiración agitada
y el mar nos importuna al pie de la memoria
como bestia tenaz que araña el muro
o la puerta o el lienzo de la sábana.
El mar chapoteante de los puertos,
sucio como una víscera, listado
de cadáveres de aceites, que reclama
en nombre de pasados entusiasmos...


                                                              Más seguro
azul que el de la mar, más inmediato,
lloviendo en la conciencia como un bálsamo.

miércoles, 18 de julio de 2012

Canciones que me perseguirán: "Háblame", de Gipsy Kings



Es un amor tan grande... Aquel amor que yo tenía lo guardaba... Es un amor posible.

(Nada más que decir. Enamorado de esta canción que tanto me recuerda a ti, a lo que siento por ti. Te amo y siempre te amaré.)

martes, 17 de julio de 2012

Los placeres de la pobreza (segundo fragmento), del poemario "Algo sagrado"



(Es un poema de amor, pero también, bien mirado, es un poema de rabiosa actualidad.)




El placer de la pobreza
comienza por encumbrar y hacer grandes
las cosas más sencillas.
                                       Y sí, tal vez
sea cierto que lo mejor es lo más caro,
pero necesito ahora que nos lavemos en este agua
de carencia, si así
tus manos junto con las mías
no recogen más fruto que la presencia inasible del aire
que apenas cabe entre nuestros besos.


Nos debemos a esos momentos.
Si es cuanto tenemos, no faltemos entonces
al deber placentero del pobre
que desdeña y prescinde de las rigideces del asceta
-aconsejarle austeridad a quien nada tiene
es recomendarle al hambre, ayuno;
al mar, toda la sed
acumulada en la sal de sus aguas;
al silencio, un grito que constate de pronto
su propio, incesante sonido-,
que no quiero economizarte, ni beberte sólo a sorbos
por temor a que te me gastes
en un abrazo más grande que el mundo,
desde una ternura nunca presentida,
que no pediste ni pedí (pero ahora
nuestra e infaltable),
sino apurarte como tú los cigarrillos
hasta el mismo filtro.


No te contengas. Ansíame.

Poemas que no te leí (10): "Sobre el imposible oficio de escribir", de José Manuel Caballero Bonald




Por aquella palabra
de más que dije entonces, trataría
de dar mi vida ahora. ¿Vale algo
comprobarlo después de consumidos
tantos esfuerzos
para no mentir?


                              Toco
tu vientre y se desplaza el tiempo
como la sangre
en un embudo mientras
a ciegas nos buscamos. Sólo el riesgo
común ocupa el mundo, arrasa
el derredor, lo exprime
como una esponja, desordena
el engranaje de los hechos.


                                             ¿Cómo
poder saldar entonces
la ambigüedad de la memoria?


El imposible oficio de escribir
aproximadamente
la historia terminal del anteayer
de la vida, y más cuando
un incierto futuro se intercala
entre lo timorato y lo arrogante
me suele contagiar
de esa amorfa molicie
que entumece los goznes del deseo.


Pero no cejo nunca. Paraísos
vagamente resueltos
entre la oxidación del ocio, surgen
como reclamos, brillan
en ocasiones
con juvenil sabor a culpa.


¡Escapar de la mella de los días
iguales! En tanta libertad
¿se anudarán imágenes
que a su obstinado uso
me condenen, reduzcan el amor
a sus simulaciones? Lo que aquí
no está escrito es ya la única
prueba de que dispongo
para reconocerme, interrumpir
mi turno de erosión entre recuerdos
apremiantes.


                          Por aquella palabra
de más que dije entonces, trataría
de dar mi vida ahora.


(Descrédito del héroe, 1977/1993)

lunes, 16 de julio de 2012

La playa (del poemario "Algo sagrado")





Fueron siempre solos mis pasos
sobre la mudable cualidad de la arena,
aéreas huellas de nadie
que nada ni nadie nunca borrará
si se considera (o es lícito pronunciarse ahora,
instaurada la ausencia en esta noche
a levante de tus ojos)
que, a soledad por hábito y costumbre,
marcadas sin peso en ese reloj cambiante de las dunas,
nunca, para nadie en realidad, existieron;
pues así resulta imborrable lo que jamás aconteció
-como tu amor por el momento, apócrifo
lo mismo que el deseo a pálpito en pecho de aprensiones
de quien ya no sueña obcecado en su desgracia-
si establece permanencia a vigencia segura de lo siempre
incumplido o nunca sucedido.


Pero aquí y así te quiero, jamás ocurrida
y nocturno en mí el mar en esta playa oscura
donde doy ritos funerales a la combustión de las estrellas
que arden mientras te imagino, kilómetros por medio,
contemplarlas ya extintas, casi gata
en tu terraza desde los tejados de Madrid.
Aquí y así te quiero, intocada todavía,
a estrenar por mi boca entumecida y que me estrenes
como si nadie ya hubiera de amar más
ni haber sido nunca amado, ni tú ni yo mandásemos
cumplir promesas al olvido para constatar que ambos,
antes de unidos nosotros con nosotros aún sin nosotros,
tuyo yo conmigo sin ti mía tú contigo sin mí,
tuvimos un pasado.


Porque nunca te tuve en esta playa, esta playa
es tuya;
               y ya mi imaginación te asocia
a escenas de niña adulta jugando
con las olas, espuma de tu médula
en la noche dócil de brisa redentoria
si ya el futuro acarrea el fulgor de tu nombre,
albura, blanco sobre negro,
esperma de mi vigilia pensándote en un abrazo
que nos ungiera ya por fin, lejos del dolor,
en línea paralela contra el piélago
y su horizonte, enamorados igual que la luna de junio
enfrentada a su reflejo devuelto por las aguas,
amarilla y nominativa de la desnudez
que te supongo, que añoro ya
sin haberla navegado todavía.


Porque jamás me susurraste palabras de amor en esta
orilla
            ni en ninguna otra, remece
la marea tu voz y siento que me llamas,
siento faltarme la costilla de donde
te crearon, y en vano te busco
saliéndome al encuentro en este paseo marítimo
o persiguiendo mis pasos -siempre solos mis pasos-
sobre la mudable cualidad de la arena,
persiguiendo mis huellas, aéreas huellas de nadie
que nada ni nadie nunca borrará
si se considera (o es lícito incluirte ahora,
macerado el sentimiento en esta noche
a levante de tus ojos)
que así marcadas junto a las tuyas quedarían.

martes, 10 de julio de 2012

El plan (del poemario "Algo sagrado")





Recuerdo ahora todas las calles
de todas las ciudades que nunca visitamos
juntos.
               Yo conducía;
el mar emergía de entre las estribaciones
de algunos montículos o cerros;
la luz de esa visión
alumbra mis noches cuando haces hogar
en otra parte.


                            Éramos seres
nocturnos y fluviales, ligados a un río y un verano,
amantes incendiarios que contemplaban
elevarse las pavesas de su más lograda obra
la noche de pirotecnia y del solsticio,
mientras ardida la ciudad, contra el horizonte
recortada la capital en futuras cenizas esculpida,
sosteníamos nuestros crímenes y nuestras antorchas
y reíamos buscando un lugar
que denominar de ambos, nuestro,
tuyo y mío, un neutral territorio sin pasado,
Edén cromático de tus ojos
reconociéndose en mis ojos,
así estallase el resto del planeta.


Si pudiera pedir en este momento lo que quiero,
elegiría la fuga.
                           Así sabrías que por continentes
solamente entiendo la ósea simetría
de tus omóplatos, placas a chocar o separarse
en el masaje horizontal de un abrazo constrictor
y eterno, más grande que el mundo,
y del mundo a devastar cualquier cosa en él
que no tuviera nada que ver con nuestra historia.
Porque de hogares está tu boca
llena, y tus pechos oscuros, y tus pezones
enhiestos, apuntando como loca brújula
hacia las desquiciadas coordenadas
de todos mis sentidos.
                                       Viaje éste
que cometería sin bagaje de otras bocas, otros
rostros, otras vidas, incitado al olvido
pero contigo, compañera de camas y kilómetros,
hacedora de la estrella de Belén
que brilla en la espuria libertad
que siempre me sugirió la visión de una autopista.


En París profanaríamos los cementerios, pintaríamos
bigotes a los arcángeles de seriedad marmórea;
resucitaríamos en Dallas y Los Ángeles a los Kennedy
para acribillarlos de nuevo, echándole la culpa
a Lee Harvey Oswald o tal vez –que se joda- a Charlton
Heston; miccionaríamos en el Ganges
lo mismo que niños de vejiga impresionable
en el foco de pústulas de turbamulta
de una piscina pública; robaríamos el cartel
de Praga, sustituyendo la pe por la be,
y allí acudirían esos cerdos llamados turistas
que marchan a desflorar niñas a Tailandia,
rectificando su repugnante trayectoria,
cambiando prostitutas púberes por puentes y amores
eternos.


                   Puertos no quiero ni cunetas
si no puedo estar contigo a solas,
versificando con un beso el horizonte,
sabiendo que podemos llenar de promesas
la estela de un barco o de un avión en el cielo
del verano
                     y cumplirlas.
Así ocurrió en mi sueño. Lo tengo todo
planeado.

Poemas que no te leí (9): "Stella matutina", de Ana Rossetti



Ad noctis hujus caliginem destruendam indeficiens perseveret

Pregón pascual


Pues mañana
no se abrirá en mi puerta la mañana,
ni acudirán tus pasos al filo de mi sueño,
ni se desprenderán de los ojales dóciles
botones nacarados,
ni indagarán la prisa de tus dedos
más allá del embozo, pues mañana
no habrá en mi boca labios,
ramillete de menta, buenos días.
Ni mejilla adentrándose en mi escote,
ni llamas enroscándose en mis pechos,
ni presurosos besos, en tropel, por el alba,
ni tus brazos.
Pues en vano, mañana,
el metálico brillo de la última estrella
prorrogará su aviso en el cielo aún blanco.
Tú no vendrás mañana a despertarme.

lunes, 9 de julio de 2012

Desiderata: fragmentos del bloque tercero del poemario "Algo sagrado".




FRAGMENTO 1




Vivir amadrigado en tu pecho, solícita
la mejilla a la suma protección de tu latido
por debajo de la ropa, la carne, el hueso,
y allí en el tórax tu pulso nítido que impulsa
tu vida y mi ternura, si es así como la habilita
y la atesora;
                       pues nunca un abrazo tuyo
acogiera tanta certeza de amor
como la que ahora yo te ofrezco
(y aunque suene altivo decirlo),
nunca uno mío fuera tan constrictor
y entregado, propicio a la dicha de saberse
al fin, en la albura del regazo, siempre ser único.


Vestido con tu piel, vivo un trance
de puro prodigio:
                              ya no soy
paria, ya no acorralo frases de filósofo ebrio.
Aun así, protégeme de mí,
levanta tus defensas en las postrimerías
de mi fatalismo, hazme saber
que soy tuyo, que soy perro, tuyo,
que eres propietaria incluso de mis aprensiones,
que no abandonarás la suscripción a mi mirada,
que soy tuyo, que eres mía,
que la posesión es palabra tan temida por el resto
pero condición indispensable
de nuestras pasiones hechas bloque único.


Aíslame del mundo, isla azul
y recogida, o repliégame en tu seno
como a un billete introducido en un escote.
Custódiame:
                       no quiero más ángel
que el ala desmayada de tu cabello
cuando lo cepillo.


FRAGMENTO 2




Que no te abandone, que no deje
a hurtadillas el lecho marital en que tu sueño
ya organiza luchas supraterrenas con la luz,
luz filtrada, haces en las mirillas
de la persiana de la fiesta que desdeñas
del nuevo día, intocado, todavía por abrirse
a la ensenada azul de tu mirada.
Que estás cansada, cansada de tu cansancio,
que el sueño te recobra
a la linde sin memoria
de un cálido olvido,
a un estadio sin dolor,
                                     y me llamas,
me reclamas a tu lado, me retienes, solicitas
mi peso tan escueto a la vera de tu horizontalidad,
y tu talle apretado de junco joven va cumpliendo
siluetas deliciosas y ciclópeas bajo las mantas.


Entonces me acomodo en tu sueño,
y porque a veces sea frágil y caprichoso como la fe en algún dios,
allí me mando mudar a soñar yo también
con aquello que quizás nunca fui, con ese
hombre que jamás podré ser, pero tú vislumbras y sostienes
sin ambages ni reversos.
                                         Tal vez
sólo en ese momento vaya lentamente
completándome, aceptándome a mí mismo,
a mi costumbre de pronta mañana
y premura inútil con los ojos ya abiertos,
y allí ocurre que en tu recogimiento de gata me hago
blandura, y abrazo tus márgenes,
y contemplo tus amortiguadas facciones,
el gesto que cometes de llevarte a los labios
dos dedos infantiles, como solicitando así
un silencio afelpado de sábanas usadas.

sábado, 7 de julio de 2012

Poemas que no te leí (8): "Remedio para melancólicos", de José Luis García Martín




All you have to do is take your clothes off
FRANK O´HARA




Cuando me veas deprimido, ansioso, malhumorado,
todo lo que tienes que hacer es quitarte la ropa,
y entonces brilla el sol y se revela el secreto:
que somos carne y respiramos y estamos
cerca uno del otro.
Tu desnudez me vuelve invulnerable.
La lógica podrida, el corazón
borroso, las gangrenadas tardes se curan
con la simetría perfecta de tus brazos y piernas.
Extendidos forman un círculo eterno, sendas
hacia una playa sola, la rúbrica de un Dios.
Todo lo que no eres tú, todo lo que no soy yo
deja de tener importancia: el dolor,
el sinsentido, el asco, son nimiedades
que nada tienen que ver con la vida.
Cuando me veas agonizante, quítate la ropa.
Aunque estuviera muerto resucitaría.

jueves, 5 de julio de 2012

Poemas que no te leí (7): "Domicilio particular", de Luis García Montero




(Esta sección del blog comienza a ser una mentira con visos de homenaje constante, porque este poema sí que te lo leí alguna vez. Habla de lo que habla, pero bien podría estar refiriéndose a ti.)



Al regresar a casa,
cuando la luz se ha transformado en eco
después de una jornada insoportable,
el tiempo y ella son
como una propiedad particular.
Necesito saber que me esperaba.


Oye mis pasos fríos al subir,
abre la puerta, igual
que se abre un diccionario
para que todo ocupe su destino,
y me besa en la boca.


Reino de soledades oportunas,
habitación casi perfecta
al otro lado de los días,
hospitalaria forma de quitarme el abrigo,
de acariciar con ojos lentos
las hojas secas de mi voz,
el rastro de las calles en mis hombros,
la mala tarde y el cansancio.


Luego enciende la luz, tan enigmática
como la piel que ha visto
y ha descifrado el curso de los años,
me prepara una copa, y la pone en la mesa,
cerca de la butaca preferida,
para que se deshaga en el silencio
y acompañe el rumor de las historias,
el licor impreciso
que mezcla las palabras con las insinuaciones.


Sólo el humo y las lágrimas
saben juntar las cosas,
y en el humo se juntan
los recuerdos pacíficos de las noches inquietas
y la inquietud de un tiempo serenado.


Recuerdos de las noches envueltas con el día,
las noches apoyadas
en el primer instinto de aventura,
la urgencia de sentir
y comprenderlo todo,
el deseo sin calma, o la promiscuidad
con sus humillaciones y sus deslumbramientos,
que buscaban al filo
del corazón inagotable
un principio de orden y conciencia.


Mentira por mentira o lealtad por lealtad,
el amor aceptó cambiar de estado,
miró desde una sombra
la quietud resistente de las brasas,
y buscó compañía,
conocimiento exacto
de fortalezas y debilidades,
el misterio infinito de las repeticiones,
la costumbre final de una luz elegida,
el pacto negociado
por la tranquilidad de una butaca
y el cuerpo que envejece
con mirada de brillos juveniles.


Y no es verdad, la vida no consuela
del entusiasmo de la juventud
con los placeres de la inteligencia.
Pero hay anillos respetables
en la mano que busca una caricia.


Ahora me defienden tus cuidados.
Jacobina si voy a ser cobarde,
prudente si me arriesgo,
descanso en ti,
en tus asombros,
en tu lealtad antigua,
biblioteca.

miércoles, 4 de julio de 2012

Canciones que me perseguirán: "You belong to me", de Bob Dylan


(Sé que no te gustan las canciones tristes... A mí ya sabes que sí, y esta me parece una delicia. No quiero que me pertenezcas; sólo quiero pertenecerte yo a ti.)




Ves las pirámides a lo largo del Nilo,
miras la salida del sol en una isla tropical.
Mientras tanto, sólo recuerda, cariño,
que me perteneces.

Visita el mercado en el antiguo Argel,
envíame fotografías y recuerdos,
simplemente recuerda, cuando aparezca un sueño,
que me perteneces.

Yo estaré tan solo sin ti,
quizás tú estés también desamparada.

Vuela sobre el océano en un avión plateado,
mira la jungla cuando está mojada por la lluvia.
Simplemente recuerda, hasta que vuelvas a casa,
que tú me perteneces

Yo estaré tan solo sin ti,
quizás tú estés también desamparada.

Vuela sobre el océano en un avión plateado,
mira la jungla cuando está mojada por la lluvia.
Simplemente recuerda, hasta que vuelvas a casa,
que tú me perteneces

martes, 3 de julio de 2012

Materia luminosa





Me dijiste que estarías esperándome literariamente en el río, y aunque yo tampoco, como el protagonista Horacio Oliveira en la novela Rayuela de Julio Cortázar, te vi detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua, viendo pasar una pinaza color borravino (…y por qué no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo), ni aquel río era el Sena sino el Manzanares (ni maldita hacía la falta, con esa panorámica de luz espectral a lo lejos del Palacio de Oriente y de la Catedral de la Almudena), me gustó que usases esa palabra, “literariamente”. Luego de desencontrarnos minuciosamente a causa de mi pérdida, en una confusión divertida de llamadas al móvil dándonos cada uno su ubicación exacta, cruzándonos el uno con el otro por el Paseo de Extremadura sin percatarnos, nos vimos y nos abrazamos y volvimos a perdernos (esta vez juntos, en la carretera, hacia el final de la noche, o casi), y mucho después, otra vez en la orilla del Manzanares, pude advertir en tu mirada atenta y observadora, aparentemente fija en ninguna parte, y en tus silencios nunca incómodos –tan difícil entre dos seres humanos que los silencios no resulten incómodos, y así me lo hiciste saber- a la cazadora de historias, a la escritora, pude advertir la disciplina del insomnio de los que no desean bajar la guardia y necesitan vivir desvelados contradictoriamente por un sueño, y entendí de pronto que sabrías entender cualquier circunstancia de mi vida, cualquier defecto, cualquier error que hubiera podido cometer en el pasado, cualquiera de los muchos demonios y fantasmas que se sientan a veces a los pies de la cama y ofrecen un trago o dos de su petaca de la culpa.


Cuántas veces se me habrá reprochado el hacer literatura de mi vida… No me refiero ya a escribir, a dedicarse a una orfebrería de palabras que acaben resultando un proyecto creativo tangible, sino a “ser novelero”, expresión ésa que me irrita bastante porque siempre suelen escupirla con muy mala folla aquellas personas que carecen absolutamente de imaginación, que desdeñan o simplifican el trabajo de los demás, que prescinden por completo, y casi me atrevería a decir que temerariamente, de las virtudes de la curiosidad y el asombro, e incluso a veces miran el mundo con el desprecio o la indiferencia de los que son incapaces de aportar algo a su construcción, a su lógica, necesaria evolución. Pero yo sabía que a ti no te importaría que yo hiciese literatura de toda aquella noche y de la tarde siguiente (e incluso desde tus silencios me dictaste palabras, quizá sin ni siquiera saberlo), ni me tildarías de provinciano en caso de utilizar el Manzanares en vez del Sena como escenario y atrezzo para construir una historia que, como siempre en mi modo de utilizar la escritura como paliativo para el olvido ingrato, atesorase lo que habíamos vivido esos dos días. Uno, que es plenamente consciente de su fragilidad, que sabe de antemano que cada gesto y cada mirada y cada palabra traen consecuencias implícitas, que entiende que desde mucho antes de salir al exterior tras abandonar el refugio cálido y oscuro de la matriz la vida ya está abocada al desastre, que nada sucede por nada, que hay un orden oculto que no alcanzamos a ver la mayor de las veces pero dicta nuestros más mínimos movimientos, ha optado por ir rescatando escenas, acumulando crepúsculos, miradas, sonrisas, entramados de luces nocturnas y urbanitas vistas desde la altura conmovedora de un mirador, rastros espumosos de aviones plateados en el cielo limpio de la mañana o la tarde, lagos desde donde se contempla la vida bullir en el verano y, en definitiva, una materia luminosa que lo ayudase a alumbrar la noche gélida que siempre acaba llegando, bien en la muerte o la ruptura, que es otra forma de muerte porque conlleva las mismas ceremonias, la domesticación de una nueva costumbre en la que el que falta, el muerto o el desaparecido o el abandonado o el que abandona, debe otra vez a aprender a existir.

Dadora sin medida de todos tus matices, con ese exhibicionismo delicioso de los que nos pasamos la vida tratando de ocultar nuestros puntos flacos al resto por eso de tener una cierta ventaja sobre el enemigo, yo sé que al fondo del corredor azul de tus ojos laten el coraje y la valentía de aquellos que saben asumir las consecuencias, de los que, a fuerza de ser castigados, ya conocen de antemano el acorralamiento contra las cuerdas y la impostura de la lona. Hay quien a eso le llama “fatalidad”, ignorando desde el espejismo de su altivez que la caída le llegará tarde o temprano, y que es preciso saber eso para tener a mano un botiquín de consuelos y lenitivos que ayuden a sobrellevar el trance. “Qué ostión nos vamos a dar”, me dijiste. También: “Vamos en un coche suicida, sin frenos y directos al acantilado.” Pero a mí ya nadie puede quitarme el vértigo placentero de la altura antes de caer, ni negarme que disfruté conduciendo ese coche en plena noche, con una mano al volante y la otra masturbándote, mientras tus ojos entrecerrados me miraban y el viento por la ventanilla te arrancaba un mechón de pelo de la cara. Nadie. Lo sé tan bien como que ahora mismo estarás en el río, mirando hacia el agua o con la mirada perdida hacia ningún punto en concreto, hablándome en silencio porque acabo de entrar en tu perímetro visual y me he sentado a tu lado mientras escribía todo esto.


(Ha transcurrido ya un año desde que te escribiera esto, un año desde que viviéramos esa maravillosa noche a orillas del Manzanares, donde comenzó todo. Te amo y siempre te amaré.)