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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Canciones que me perseguirán: "Somebody that I used to know", de Gotye



Ya sabes que esta canción no es santo de mi devoción: no creo que su letra tenga nada que ver con nosotros, y además su género no es mi estilo. Pero el saber que la descubriste a mi lado, que te gusta tanto, el pensar que vayamos donde vayamos, estemos como estemos, tanto si nuestros caminos siguen juntos como si no, me hace tener la absoluta certeza de que ya siempre me recordará a ti y me conmina a incluirla en estas Canciones que me perseguirán. Disfrútala. Te amo.

martes, 25 de septiembre de 2012

Breves desiderables: II. Tu boca: provisión




La acecho con mis dedos, la repaso
como a huella dactilar pintándola,
porque oficie de artesano que desbasta
el gesto duro que suele darse en ella,
boca voraz, estuario de mis besos,
recinto en que ofrecerte
mi lengua subsidiaria,
oquedad de la fruta umbría que vive
nutrida de tu aliento y su relente,
pico letal del labio superior
tal boca de azor desmayado en la caza
del aire, ese hálito a prodigio
y producción de tus depredaciones,
denticulares así como la marca
que, con hambre atrasada, sobre mi cuello
rubricaste.


Escancia ese rescoldo
de tu saliva ahora en mi boca,
prodúcela con gozo desde la tuya
y déjala caer en mi garganta,
que yo sabré beberla
como licor divino,
como mistela de muerte tan pródiga
envidiada por todos.


Necesito que me des el reducto
de tu sed, de tu hambre,
tornarme paladar en esa entrada
al sentido, y allí entonces nutrirme
del alimento tibio de tus labios,
posar en ellos, voraces, los míos,
y de ese beso, al fin, aprovisionarnos.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Poemas que no te leí (17): "En ti la luz", de Julia Uceda



(Julia Uceda es una de las poetisas, a mi parecer, con una de las poéticas más interesantes que se han dado en este país. En 2003 fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura por la antología de sus obras completas, En el viento, hacia el mar (1959-2002). Aunque sevillana, fue nombrada hija adoptiva de El Ferrol, donde vive actualmente. Tuve la oportunidad de conocerla personalmente hace un par de años, aunque al final no se dio tan esperada cita en su casa de El Ferrol. El poema que te brindo pertenece a su primer poemario, Mariposa en cenizas (1959). Espero que te guste. Te amo.)



En ti la luz y el viento desatados.
En ti simiente, amor, oquedad, ala,
hermosura, ojos míos, voces, manos
para explicar, para tomar el mundo.


En ti el sueño, el trasueño, transparentes
mundos de agua, algas y corolas.
Hombros y espaldas en que apoyar los labios.
Dedos en dedos rotos por ausencias.


Sin ti el miedo, la cripta y el vinagre
manando del oído, del costado.
Lo desacorde, lo mortal, lo roto,
lo que se arrastra, lo que se contrae.


El tú, frente al sin ti. Mi cuerpo espada,
ancha hoja lunar, desnudo vidrio,
nieve encendida, amor, con tu palabra,
rama que te florece entre los dedos.


Sangre que te responde acorde y llena.
Pulso y labios unísonos. Espumas
rompiéndose en los párpados heridos.
Las mismas lunas y las mismas albas.




martes, 18 de septiembre de 2012

Canciones que me perseguirán: "Camino de Madrid", de Pedro Javier Hermosilla



Para que encuentres siempre el camino hacia mi casa y no olvides jamás que aquí tienes tu hogar, si así lo deseas. Todo lo mío es tuyo. Da igual la cantidad de horas que pasemos juntos, porque nunca me cansaré de echarte de menos ni de esperarte. Te amo y me muero por verte.

lunes, 17 de septiembre de 2012

No sé ya no esperarte (del poemario "Algo sagrado")




No es sábana sino mortaja, la sábana
que esta misma tarde cubría
la acuarela sencilla de tu desnudo.


Será porque en mi almohada se ahoga un grito
que restituye la muerte por horas
de tu ausencia hermanada con mi insomnio,
allí donde tú duermes en otra cama
y haces hogar en otra parte,
o porque no me atañe ya el apremio
de tu vida no propicia a desposarse,
no me atañe ya esta soledad, hidra
domeñada por labor de tus manos
que engarzan con milagros las caricias.


No me atañe el eco de mi voz sin nadie,
en yeso rebotada por paredes
que sin ti solicitan el derribo,
ni me atañe tu maleta de vaivenes
que rectifica rumbos sin cumplirlos.


Porque no sé ya no esperarte,
no termina de abolirse este miedo
imperativo a perderte, falaz
presagio, fatal vindicando
una improbable despedida.
Mas no imposible. Persiste reincidente
en la piel azabache de mis noches,
entenebrece este otoño anticipado,
cubre a duelo mi esperanza con la sábana
que ya no es sábana sino mortaja
cuando ahora duermes en otra cama
y haces hogar en otra parte.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Poemas que no te leí (16): "Cabo Sounion", de Luis García Montero




Al pasar de los años,
¿qué sentiré leyendo estos poemas
de amor que ahora te escribo?
Me lo pregunto porque está desnuda
la historia de mi vida frente a mí,
en este amanecer de intimidad,
cuando la luz es inmediata y roja
y yo soy el que soy
y las palabras
conservan el calor del cuerpo que las dice.


Serán memoria y piel de mi presente
o sólo humillación, herida intacta.


Pero al correr del tiempo,
cuando dolor y dicha se agoten con nosotros,
quisiera que estos versos derrotados
tuviesen la emoción
y la tranquilidad de las ruinas clásicas.
Que la palabra siempre, sumergida en la hierba,
despunte con el cuerpo medio roto,
que el amor, como un friso desgastado,
conserve dignidad contra el azul del cielo
y que en el mármol frío de una pasión antigua
los viajeros románticos afirmen
el homenaje de su nombre,
al comprender la suerte tan frágil de vivir;
los ojos que acertaron a cruzarse
en la infinita soledad del tiempo.

martes, 11 de septiembre de 2012

Onán contra tus ojos




Me perteneces en el mismo estadio
de mi insomnio, y la luzazul
de amanecida próxima que escancia
el resto frío de la noche sobre tu cuerpo,
infiriéndole magnánimos volúmenes
de totémico animal oculto en la espesura
-ahora replegada en ti misma,
horizontal, como rezándole
al lucero de la mañana;
gata ovillada ahora, haciéndote
la dormida tras haber discutido
conmigo-, también me pertenece.


Pero fuese asimismo yo esa luz
para asirte en tu contorno, sin rechazo,
y proyectar una sombra que demarque el pliegue
que me apropiaría de tus ingles, tus axilas,
y verterla a curva peligrosa en tu cintura,
donde la madrugada abrevó en otras camas,
verterla denticular sobre tus pechos
hasta sacarte el sumo grito
que asevera un placer hermanado con la muerte.


¿Cómo es que mi deseo es mayor
cuando menos necesito recorrerte?
Como tu frialdad, que se vuelve más cálida
por cuanto cada vez menos creo en mí,
y así es que tan cercana te siento
igual que al dolor al que me expongo
si relato o versifico esta carencia;
un escalofrío cruza la estepa,
sin embargo, que la desgana extiende
con tantos satenes tan oscuros,
tendiendo sábanas que no rubrico
con esta errática sed que me arde en el ansia.


Heme aquí mañana entonces, ridículo
y primario, soñándote en caricia
a contrapelo del placer solitario,
sin ti y aun así contigo, avergonzándome
en el trance de imaginar que huelo
tu pelo o tu vientre -Onán contra tus ojos-,
sabiendo que no, que no seré esa luz,
que en tu contorno no podré asirte.
Sabiendo que tú no me perteneces. 

lunes, 10 de septiembre de 2012

Poemas que no te leí (15): "Si tú me abandonaras..." (soneto), de Félix Grande




Gran desconocido -hasta ahora- para mí, el poeta Félix Grande (1937). Encontré este soneto suyo en la antología Sonetos de amor (Selección de 150 sonetos de la lengua española), editado por EDAF, en edición de Víctor de Lama. Como siempre, espero que sepas dilucidar lo que quiero decir, aunque sea en boca de otros. 




Si tú me abandonaras, te quedarías sin causa
como una fruta verde que se arrancó al manzano,
de noche soñarías que te mira mi mano
y de día, sin mi mano, serías sólo una pausa;


si yo te abandonara, me quedaría sin sueño
como un mar que de pronto se quedó sin orillas,
me extendería buscándolas, con olas amarillas,
enormes, y no obstante yo sería muy pequeño;


porque tu obra soy yo, envejecer conmigo,
ser para mis rincones el único testigo,
ayudarme a vivir y a morir, compañera;


porque mi obra eres tú, arcilla pensativa:
mirarte día y noche, mirarte mientras viva;
en ti está mi mirada más vieja y verdadera.




martes, 4 de septiembre de 2012

Poemas que no te leí (14): Fragmentos de "Bajo tu clara sombra", de Octavio Paz




II


Tengo que hablaros de ella.
Suscita fuentes en el día,
puebla de mármoles la noche.
La huella de su pie
es el centro visible de la tierra,
la frontera del mundo,
sitio sutil, encadenado y libre;
discípula de pájaros y nubes
hace girar al cielo;
su voz, alba terrestre,
nos anuncia el rescate de las aguas,
el regreso del fuego,
la vuelta de la espiga,
las primeras palabras de los árboles,
la blanca monarquía de las alas.


No vio nacer al mundo,
mas se enciende su sangre cada noche
con la sangre nocturna de las cosas
y en su latir reanuda
el son de las mareas
que alzan las orillas del planeta,
un pasado de agua y de silencio
y las primeras formas de la materia fértil.


Tengo que hablaros de ella,
de su fresca costumbre
de ser simple tormenta, rama tierna.


IV


Un cuerpo, un cuerpo sólo, sólo un cuerpo,
un cuerpo como día derramado
y noche devorada;
la luz de unos cabellos
que no apaciguan nunca
la sombra de mi tacto;
una garganta, un vientre que amanece
como el mar que se enciende
cuando toca la frente de la aurora;
unos tobillos, puentes del verano;
unos muslos nocturnos que se hunden
en la música verde de la tarde;
un pecho que se alza
y arrasa las espumas;
un cuello, sólo un cuello,
unas manos tan sólo,
unas palabras lentas que descienden
como arena caída en otra arena...


Esto que se me escapa,
agua y delicia obscura,
mar naciendo o muriendo;
esto labios y dientes,
estos ojos hambrientos,
me desnudan de mí
y su furiosa gracia me levanta
hasta los quietos cielos
donde vibra el instante:
la cima de los besos,
la plenitud del mundo y de sus formas.

Que el año próximo...





Se muere el verano, y mentiría si dijera que no he agradecido este frío inesperado de un agosto ya fenecido que te ha obligado estos últimos días a apretarte contra mí, buscando el calor de mi cuerpo  o su improbable seguridad, mientras paseábamos de noche por la verbena que me pediste que te enseñase, durante las fiestas de mi ciudad que ya es la tuya, si es que dos apátridas como nosotros pueden llegar a sentirse ligados emocionalmente a un lugar geográfico concreto. Pero esta muerte del estío no se me revela mediante el frío anticipado que acarrea un otoño prematuro, no se esclarece su temprana agonía a través de las numerosas señales que ofrece septiembre, con sus colores heridos sobre el campo y esa luz taciturna, como de eclipse solar, que le infiere al hogar un aspecto de falso confort invernal, con la colcha ya colocada en la cama y la luz eléctrica encendida cada vez más pronto. No. Al menos este año, no han sido esos los indicios que me han hecho oficiar un rito funeral a la época estival ya transcurrida.

Venía esta tarde de acercarte a tu casa. Durante el trayecto de vuelta, a solas, y para hacer más amena la ruta harto conocida de tu ciudad a la mía, me entretuve recopilando, mientras conducía y escuchaba algunas viejas canciones, las muestras que el asomo del otoño deja en cunetas y en arcenes, esparcidas por el paisaje de Castilla circundante a carreteras y autopistas. Ya en mi barrio, detenido en un semáforo con el motor al ralentí, esperando a que la luz del disco cambiase de luz a verde, los vi pasar en sentido contrario al mío. Eran un convoy de camiones y caravanas, que cargaban en sus remolques coloridos neones apagados, complejas estructuras de metal pintado llamativamente, carteles que anunciaban premios y diversiones seguras, paneles de contrachapado y toldos y vagonetas y otros muchos diversos retazos de atracciones de feria. En el habitáculo de los vehículos, rostros recios, morenos, tal vez cansados, barbas incipientes y oscuras, facciones duras y curtidas de intemperie y nomadismo; los mismos feriantes que dos días atrás pregonaban las virtudes de sus negocios ambulantes, algunos micrófono o megáfono en mano, otros disfrazados de personajes de series infantiles de dibujos animados, muchos en actitud algo chulesca, fumando aburridamente en sus casetas de tiro en tanto que esperaban captar algún cliente que se decidiera, por unas monedas, a hacer puntería con una carabina siempre trucada. Los vi marcharse de la ciudad, rumbo a otra -seguramente Guadalajara; sus fiestas comienzan en apenas unos días-, y su marcha es lo que me hizo adquirir conciencia de que el verano había llegado a su fin. Y languidecí un poco entonces, al presenciar su partida.

Hay tristezas o pequeñas melancolías de neurótico o de poeta (en el sentido más ridículo y venenoso de la palabra) que no se sabe muy bien de dónde proceden ni a qué razones atienden. Así entonces, me vi de  pronto tratando de entender a qué motivos asistía esa tristeza mía repentina. Nunca me gustaron las fiestas patronales: ni las de aquí, ni las de ninguna otra ciudad o pueblo de cualquier geografía, nacional o extranjera; muy al contrario, siempre traté de evitar esas jornadas festivas donde el ser humano tiende a fomentar, amparado por el pretexto de la fiesta y la celebración, su lado más brutal y cerril en un amplio espectro de las llamadas "diversiones", el alcohol y la matanza de animales y las novatadas practicadas por los peñistas a los nuevos miembros de sus congregaciones, los enfrentamientos a veces de partidos políticos contrarios que deben convivir con sus casetas de fritangas y mojitos y sangría pegadas las unas a las otras. Me consta que a ti tampoco te gustan, excepto por esas estampas idílicas de verbenas alzadas cerca de un malecón asomado a una playa tal vez de California, una noria y un carrusel girando quizá frente al Océano Pacífico, de noche o al atardecer; al igual que a mí, te agobian la multitud y el ruido, el volumen altísimo de la música y los megáfonos, las esperas en las colas de cualquier puesto de comida. Pero te pudo la curiosidad y me pediste que te llevase a ver las fiestas de mi ciudad.

No podía yo imaginar que el pasear contigo por una verbena ordinaria de una ciudad pequeña como esta pudiera despertar en mí tantas ilusiones. Quizá fueran esas dos lunas de acero templado que cruzaron por tus ojos al ver las instalaciones, concentrando y reflectando en sus iris las múltiples y coloridas luces de las atracciones y las tómbolas, que casi me hicieron visualizar a la niña que algún día fuiste. No esperaba esa reacción satisfactoria por tu parte, reacia siempre a las aglomeraciones y a la contaminación acústica y lumínica. Y, lo mismo que esa niña que asomaba a tu ser mientras paseábamos apretados el uno contra el otro cerca de los puestos de bisutería y camisetas, te encaprichaste con unas serpientes de peluche que proliferaban este año en cualquier tómbola, en cualquier caseta de tiro, unas serpientes enormes, de vivos colores y ojos dóciles, con graciosas lenguas viperinas y afelpadas. Traté de conseguirte una, probando suerte y tratando de hacer puntería a los blancos con dardos y pelotas, pero no lo conseguí. Quizá hubiera sido mejor haber comprado unos boletos en una tómbola, o apostar en la caseta de carreras de dromedarios autómatas, o haber incluso pactado algún precio para que algún feriante me la vendiese, pero pensé que ganártela era más meritorio; me habría gustado contemplar la estampa de tu persona cargando con la enorme serpiente por toda la feria, orgullosa de mí al haberme esforzado en ganarla para ti, más aún cuando tú nunca me la pediste, sino que solamente te limitaste a puntualizar lo simpático que te resultaba aquel peluche gigante.

Vi a los feriantes marchar, y pensé que en esos remolques también irían esas serpientes de llamativos colores, aglomeradas en bolsas de plástico junto a otras muchas especies de una fauna de juguete. Allí iría también, apiñada junto a sus congéneres, la serpiente que no pude conseguirte. Es tonto decirlo, pero me puse triste. Y me pregunté si estarás aquí el año próximo para que pueda resarcirme de esa carencia pueril y pueda conseguirte esa serpiente, para que vuelvas a pasear de mi brazo y a enseñarme a bailar en la plaza, con la música de la orquesta, como esa turbamulta de ancianos que bailaban a nuestro alrededor y de los que sentí una envidia saludable, esperando ser como ellos, llegar algún día a ser lo que ellos son, no habiendo perdido nunca la ilusión de envejecer a tu lado y poder bailar un pasodoble juntos en la mutua plenitud que deseo para el ocaso de nuestras vidas. Espero que sí, que el año próximo y los siguientes, espero esa cita, espero a la niña que duerme en tu interior, espero al hijo que me gustaría que nos acompañase, espero esa clase de baile en la plaza mayor...