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martes, 11 de septiembre de 2012

Onán contra tus ojos




Me perteneces en el mismo estadio
de mi insomnio, y la luzazul
de amanecida próxima que escancia
el resto frío de la noche sobre tu cuerpo,
infiriéndole magnánimos volúmenes
de totémico animal oculto en la espesura
-ahora replegada en ti misma,
horizontal, como rezándole
al lucero de la mañana;
gata ovillada ahora, haciéndote
la dormida tras haber discutido
conmigo-, también me pertenece.


Pero fuese asimismo yo esa luz
para asirte en tu contorno, sin rechazo,
y proyectar una sombra que demarque el pliegue
que me apropiaría de tus ingles, tus axilas,
y verterla a curva peligrosa en tu cintura,
donde la madrugada abrevó en otras camas,
verterla denticular sobre tus pechos
hasta sacarte el sumo grito
que asevera un placer hermanado con la muerte.


¿Cómo es que mi deseo es mayor
cuando menos necesito recorrerte?
Como tu frialdad, que se vuelve más cálida
por cuanto cada vez menos creo en mí,
y así es que tan cercana te siento
igual que al dolor al que me expongo
si relato o versifico esta carencia;
un escalofrío cruza la estepa,
sin embargo, que la desgana extiende
con tantos satenes tan oscuros,
tendiendo sábanas que no rubrico
con esta errática sed que me arde en el ansia.


Heme aquí mañana entonces, ridículo
y primario, soñándote en caricia
a contrapelo del placer solitario,
sin ti y aun así contigo, avergonzándome
en el trance de imaginar que huelo
tu pelo o tu vientre -Onán contra tus ojos-,
sabiendo que no, que no seré esa luz,
que en tu contorno no podré asirte.
Sabiendo que tú no me perteneces. 

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