Seguidores

martes, 4 de septiembre de 2012

Que el año próximo...





Se muere el verano, y mentiría si dijera que no he agradecido este frío inesperado de un agosto ya fenecido que te ha obligado estos últimos días a apretarte contra mí, buscando el calor de mi cuerpo  o su improbable seguridad, mientras paseábamos de noche por la verbena que me pediste que te enseñase, durante las fiestas de mi ciudad que ya es la tuya, si es que dos apátridas como nosotros pueden llegar a sentirse ligados emocionalmente a un lugar geográfico concreto. Pero esta muerte del estío no se me revela mediante el frío anticipado que acarrea un otoño prematuro, no se esclarece su temprana agonía a través de las numerosas señales que ofrece septiembre, con sus colores heridos sobre el campo y esa luz taciturna, como de eclipse solar, que le infiere al hogar un aspecto de falso confort invernal, con la colcha ya colocada en la cama y la luz eléctrica encendida cada vez más pronto. No. Al menos este año, no han sido esos los indicios que me han hecho oficiar un rito funeral a la época estival ya transcurrida.

Venía esta tarde de acercarte a tu casa. Durante el trayecto de vuelta, a solas, y para hacer más amena la ruta harto conocida de tu ciudad a la mía, me entretuve recopilando, mientras conducía y escuchaba algunas viejas canciones, las muestras que el asomo del otoño deja en cunetas y en arcenes, esparcidas por el paisaje de Castilla circundante a carreteras y autopistas. Ya en mi barrio, detenido en un semáforo con el motor al ralentí, esperando a que la luz del disco cambiase de luz a verde, los vi pasar en sentido contrario al mío. Eran un convoy de camiones y caravanas, que cargaban en sus remolques coloridos neones apagados, complejas estructuras de metal pintado llamativamente, carteles que anunciaban premios y diversiones seguras, paneles de contrachapado y toldos y vagonetas y otros muchos diversos retazos de atracciones de feria. En el habitáculo de los vehículos, rostros recios, morenos, tal vez cansados, barbas incipientes y oscuras, facciones duras y curtidas de intemperie y nomadismo; los mismos feriantes que dos días atrás pregonaban las virtudes de sus negocios ambulantes, algunos micrófono o megáfono en mano, otros disfrazados de personajes de series infantiles de dibujos animados, muchos en actitud algo chulesca, fumando aburridamente en sus casetas de tiro en tanto que esperaban captar algún cliente que se decidiera, por unas monedas, a hacer puntería con una carabina siempre trucada. Los vi marcharse de la ciudad, rumbo a otra -seguramente Guadalajara; sus fiestas comienzan en apenas unos días-, y su marcha es lo que me hizo adquirir conciencia de que el verano había llegado a su fin. Y languidecí un poco entonces, al presenciar su partida.

Hay tristezas o pequeñas melancolías de neurótico o de poeta (en el sentido más ridículo y venenoso de la palabra) que no se sabe muy bien de dónde proceden ni a qué razones atienden. Así entonces, me vi de  pronto tratando de entender a qué motivos asistía esa tristeza mía repentina. Nunca me gustaron las fiestas patronales: ni las de aquí, ni las de ninguna otra ciudad o pueblo de cualquier geografía, nacional o extranjera; muy al contrario, siempre traté de evitar esas jornadas festivas donde el ser humano tiende a fomentar, amparado por el pretexto de la fiesta y la celebración, su lado más brutal y cerril en un amplio espectro de las llamadas "diversiones", el alcohol y la matanza de animales y las novatadas practicadas por los peñistas a los nuevos miembros de sus congregaciones, los enfrentamientos a veces de partidos políticos contrarios que deben convivir con sus casetas de fritangas y mojitos y sangría pegadas las unas a las otras. Me consta que a ti tampoco te gustan, excepto por esas estampas idílicas de verbenas alzadas cerca de un malecón asomado a una playa tal vez de California, una noria y un carrusel girando quizá frente al Océano Pacífico, de noche o al atardecer; al igual que a mí, te agobian la multitud y el ruido, el volumen altísimo de la música y los megáfonos, las esperas en las colas de cualquier puesto de comida. Pero te pudo la curiosidad y me pediste que te llevase a ver las fiestas de mi ciudad.

No podía yo imaginar que el pasear contigo por una verbena ordinaria de una ciudad pequeña como esta pudiera despertar en mí tantas ilusiones. Quizá fueran esas dos lunas de acero templado que cruzaron por tus ojos al ver las instalaciones, concentrando y reflectando en sus iris las múltiples y coloridas luces de las atracciones y las tómbolas, que casi me hicieron visualizar a la niña que algún día fuiste. No esperaba esa reacción satisfactoria por tu parte, reacia siempre a las aglomeraciones y a la contaminación acústica y lumínica. Y, lo mismo que esa niña que asomaba a tu ser mientras paseábamos apretados el uno contra el otro cerca de los puestos de bisutería y camisetas, te encaprichaste con unas serpientes de peluche que proliferaban este año en cualquier tómbola, en cualquier caseta de tiro, unas serpientes enormes, de vivos colores y ojos dóciles, con graciosas lenguas viperinas y afelpadas. Traté de conseguirte una, probando suerte y tratando de hacer puntería a los blancos con dardos y pelotas, pero no lo conseguí. Quizá hubiera sido mejor haber comprado unos boletos en una tómbola, o apostar en la caseta de carreras de dromedarios autómatas, o haber incluso pactado algún precio para que algún feriante me la vendiese, pero pensé que ganártela era más meritorio; me habría gustado contemplar la estampa de tu persona cargando con la enorme serpiente por toda la feria, orgullosa de mí al haberme esforzado en ganarla para ti, más aún cuando tú nunca me la pediste, sino que solamente te limitaste a puntualizar lo simpático que te resultaba aquel peluche gigante.

Vi a los feriantes marchar, y pensé que en esos remolques también irían esas serpientes de llamativos colores, aglomeradas en bolsas de plástico junto a otras muchas especies de una fauna de juguete. Allí iría también, apiñada junto a sus congéneres, la serpiente que no pude conseguirte. Es tonto decirlo, pero me puse triste. Y me pregunté si estarás aquí el año próximo para que pueda resarcirme de esa carencia pueril y pueda conseguirte esa serpiente, para que vuelvas a pasear de mi brazo y a enseñarme a bailar en la plaza, con la música de la orquesta, como esa turbamulta de ancianos que bailaban a nuestro alrededor y de los que sentí una envidia saludable, esperando ser como ellos, llegar algún día a ser lo que ellos son, no habiendo perdido nunca la ilusión de envejecer a tu lado y poder bailar un pasodoble juntos en la mutua plenitud que deseo para el ocaso de nuestras vidas. Espero que sí, que el año próximo y los siguientes, espero esa cita, espero a la niña que duerme en tu interior, espero al hijo que me gustaría que nos acompañase, espero esa clase de baile en la plaza mayor...

2 comentarios:

  1. Año tras año espero tenerte yo a ti. Gracias por tanto, amor de mi vida. TE AMO.

    ResponderEliminar